Los enemigos

Cuando Carlos entró al bar, Ernesto ya estaba sentado en una mesa al fondo del local, maldiciendo la hora en la que decidió ir allí esa noche. Pensó que quizás podría pasar desapercibido, pero el saludo ofrendado daba cuenta de todo lo contrario. Ernesto levantó la mano, devolviendo el gesto y susurrando “hijo de puta” por lo bajo.

Al encontrarse a un metro de distancia parecían actores de una obra con poco ensayo. Ernesto primero vaciló en levantarse y finalmente estiró el brazo para un frío apretón de manos. Su incomodidad se podía sentir en el ambiente. Sin embargo Carlos corrió la silla y se sentó descaradamente abriendo la charla.

“¡Tantos años hombre! ¿Qué andás haciendo? Hace rato que no te veía por ningún lado.”
“Lo mismo de siempre Carlos, nada nuevo la verdad.”
“Ya veo. Y si, no es que haya mucho para hacer… Abrieron más lugares ¿Te enteraste? Yo ya los visité. Para cambiar un poco. Sino siempre las mismas paredes te vuelven loco. ¿A vos no te pasa?”

Ernesto contestaba mecánicamente cada pregunta, sumando indignación y odio en partes iguales. Apenas soportaba el hecho de compartir la mesa con alguien que detestaba tanto. A tal punto que en un momento no dió para más; “Mira Carlos, no sigamos con esta charla inútil. No seamos hipócritas.”
Carlos aguardó un instante. Luego retrucó alternando su mirada entre la mesa y los ojos del otro; “Fué hace mucho Ernesto. ¿Hasta cuando vas a seguir con lo mismo? Yo ya te dije como fueron las cosas…”
“Me importa un carajo cuanto tiempo haya pasado. Vos bien lo sabías y te cagaste en todo.” Ernesto estaba furioso, hubiera querido destruirlo ahí mismo, pero sabía que era una idea tan vana como el querer apretar arena con la mano e intentar que desaparezca. Se limitó entonces a sus palabras, su arma, lo único con lo que contaba. “Hacé una cosa Carlos, seguí visitando cada lugar nuevo al que nos permitan ir y dejame a mi en los de siempre. Evitáme todo lo posible, así como yo lo hago con vos.”

Ahí mismo se levantó decidido a marcharse, pero en ese instante Carlos lo sujetó del brazo y le dijo con la voz herida por una agonía instaurada desde hacía mucho tiempo: “No la vi más. Te juro que no la vi más. Te mentiría si te dijera que no la busco por todos lados desde ese día. En cada lugar nuevo que nos abren. Soy de los primeros y me voy después del último, pero jamás la pude volver a encontrar” Ernesto se mantenía en silencio, escuchando y apretando los dientes mientras el otro continuaba; “Es verdad. Esto no fue casual. Me dijeron que ibas a estar acá y quería saber si vos la habías visto. Solo eso. La esperanza de encontrarla algún día es lo único que tengo. Perdonáme Ernesto. Fue hace mucho. ¿Cuantos años ya?”

“Ciento treinta y dos… Ciento treinta y dos años y cuatro meses para ser mas precisos.” Ernesto contestaba con los ojos cerrados. Recordando un día nefasto, que aún sangraba en su memoria.
Carlos soltó el brazo de su adversario. Y rendido por las palabras de aquél, solo animó una pregunta sin esperar acaso una respuesta. “¿Vos creés que esté por acá después de todo? ¿Qué no se haya marchado, cómo nosotros?”
Ernesto se acomodó el saco e inició su paso hacia la salida murmurando palabras que Carlos nunca llegó a escuchar. Mientras tanto en el gran espejo de aquel bar toda la clientela se reflejaba, perdida  en sus charlas, sus reflexiones y sus vidas. Ajenas totalmente a la desdicha de dos eternos enemigos.

“Somos fantasmas peleándole al viento”
Cruel – Los Piojos (Chac Tu Chac, 1992)