Los lugares y su gente

Julio fué el primero en llegar. El local iba colmándose de gente, como era habitual cada mediodía. Sintió, a medida que entraba, una mezcla extraña de emoción y tristeza. Hacía tiempo que no pasaba por aquella vieja pizzería de Buenos Aires. Como cuando era chico, empezó a observar cada cuadro, escudriñar cada foto. Buscaba las figuras que poblaron la historia de hazañas deportivas. Cada una de esas ventanas al pasado permanecían inalterables, siempre en el mismo lugar desde el día que fueron colgadas en esas emblemáticas paredes, ganándose un lugar inamovible contra el paso del tiempo. Se sentó en una mesa y ante el saludo del mozo, que portaba un peinado de arrabal y una expresión adusta, Julio le avisó que esperaba a alguien, que por el momento con un moscato estaba bien.

Al rato llegó Daniel, su hermano menor. Levantó la mirada buscándolo y ante la seña de Julio se abrió paso por el salón, entre pedidos y gente que aprovechaba para almorzar algo rápido y seguir el trajín de la gran ciudad. “Perdón por la demora, ¿hace mucho que llegaste?“, Daniel saludó a su hermano como si lo hubiese visto recientemente, sin demostrar demasiado entusiasmo. Aunque en realidad no se veían desde hacía ocho años, con la única salvedad del día del velorio de Raúl, su padre.

No, hace poco. Estaba mirando estos cuadros. Está todo igual. Desde que éramos pibes“. Daniel recorrió el recinto con la mirada, “Si, es cierto. Parece que el tiempo está estancado acá adentro“. Pidieron una pizza y una cerveza.

Julio señaló a su lado, “Mirá, ¿te acordás?“, a lo que el otro contestó “Como olvidarlo, te seguís sentando en el mismo lugar nomás“. Pegado a ambos un cuadro enmarcaba una vieja hoja de diario. Un partido disputado entre Boca y San Lorenzo, el 4 de Noviembre de 1989 en la cancha de Huracán. Uno mas de tantos, pero para los hermanos aquél encuentro significó la primera vez que iban a ver a sus equipos en una misma cancha. “El viejo estaba emocionado ese día. Pensar que era de Racing y nosotros le salimos así, un cuervo y un bostero, ¿que me contás?“.
Ese partido no lo ganamos porque no quisimos. Estábamos dos arriba con los goles de García y León” dijo Daniel. “Si pero Musalini y Marangoni lo empataron. ¡Que calientes se quedaron! Como grité esos goles” retrucó Julio.
Bah, todo arreglado, ese arbitro era un títere“.
¡Arreglado para ustedes! Acodarte del poli que quiso esconder la pelota, Giunta le dio flor de piña a ese cana. Casi se arma un quilombo de novela. ¡Pero lo empatamos en buena ley!

Daniel miró con desdén a su hermano como restándole significado a sus palabras, “Bueno ¿trajiste eso?” le dijo tratando de acortar todo lo posible cualquier charla entre ambos. Julio se puso serio y tragando rápido el bocado que se había llevado a la boca le dijo a su hermano menor: “Si, por supuesto que lo traje. Pero esperá un poco. Contáme como estás vos, ¿que es de tu vida? Hace ocho años que no nos vemos, ¿no te interesa a vos también saber en que ando?“. La mirada de Daniel se transformo y se llenó de los mismos odios que habitaban su corazón desde hacía tanto tiempo. “Julio, basta. No hace falta. No hagamos esto mas difícil. Dudé en venir, como te imaginarás. Si lo hice es porque el viejo así lo quiso. Así que si trajiste esa extraña valija abríla de una vez por todas y veamos que es tan importante para que haya armado todo éste circo en un testamento“.

Julio frunció el ceño y movió la cabeza en señal de desaprobación. “Siempre el mismo. No cambias mas. Pensé que los años te iban a hacer recapacitar pero, ¿circo? ¿Lo llamás circo? El viejo dejó por escrito que nos encontremos hoy acá y que abramos ésto. ¿Tanto te cuesta cumplir un deseo de tu padre?” Daniel evitó subir el tono pero escupió las palabras al instante: “¿Recapacitar que? ¿Yo tengo que recapacitar?, ¡haceme el favor! Vos elegiste Julio, y en esa elección te fuiste a vivir tu vida. ¿O ya te olvidaste? Yo me tuve que quedar con el viejo por muchos años ¿y sabes lo que escuche en ese tiempo, cada día? Como hablaba de vos. Como hablaba del mayor de sus hijos y de lo orgulloso que estaba de él. Sin embargo vos nunca volviste en todo ese tiempo. No seas hipócrita. Los años no curan nada Julio, la historia no se reescribe ni se olvida en un instante“.

Julio tomó un trago largo. Calló un momento y con la mirada fija en el plato volvió a hablar. “Sabes bien porqué me fui. No tuve alternativa. Fue muy difícil para mi también. Yo me fui, es cierto. Pero un día volví y estuve con él en sus últimos años. Y ahí fuiste vos el que te marchaste. Y no volviste a verlo mas, ni a él ni a mi. A mi me paso lo mismo Daniel. Lo único que escuchaba de la boca de ese hombre era tu nombre, hasta el día que se fue. Era de lo único que hablaba. De su ‘Danielito’

Bueno, parece que el viejo siempre quería lo que no tenia entonces… Julio, se me hace tarde. Tengo que volver al trabajo. Abrí esa valija y terminemos con ésto

Julio levantó del piso una valija color marrón, de esas que llevan esquineros reforzados y una manija gruesa cosida en un costado. Y sacó del bolsillo una pequeña llave.
La valija del viejo. ¡Si habremos inventado historias sobre lo que llevaba! ¿Te acordás? Eran las pocas veces que nos quedábamos tranquilos, mirando este cuero y jugando a imaginar que contenía“.

Tomaron otro sorbo de cerveza y apartando los platos pusieron aquella maleta entre ambos, mientras Julio giraba la llave. Un ruido anunció una traba interna que se movía, un seguro que había permanecido inmóvil desde hace años, resguardando el contenido de la vista de todos, finalmente se destrababa. Cruzaron sus miradas y luego descubrieron ese extraño tesoro.

La valija estaba llena de recuerdos de Raúl. Fotos de los abuelos. De Maria, su mujer, cuando apenas empezaban a salir. De ellos cuando eran chicos. Programas de cines y teatros, boletos de colectivos. Todo prolijamente fechado. Indicando la ocasión, y el lugar. Cada detalle componía una bitácora de viaje por aquella vida que se abría ante ambos, invitándolos a transitarla y recordarla.

Los hermanos miraban esas fotos y los clásicos e inevitables comentarios surgían como es costumbre en momentos como ése: “¿Ésta es la tía Alicia?” “¡El peinado que nos hacían!” “¡Mirála a la vieja, fue joven después de todo!” “¡Uh el almacenero Ruiz!, siempre estaba en casa a la hora del vermouth. ¡Como chupaba ese hombre!” “Ésta fue aquél domingo cuando volvimos borrachos de Absenta, el viejo se nos mataba de la risa y nos quiso sacar una foto” “Te acordás de Beto? Que perro mas bueno“.

Y así sin quererlo los comentarios dieron paso a la charla y la charla al momento compartido. Las risas dieron lugar al llanto y el llanto una vez mas a la risa, con ese poder extraño que tienen los recuerdos, cuando nos transportan por un rato a un lugar que sabemos reconocer como propio y nos hacen dar cuenta del tiempo vivido. Así esos hombres, completos desconocidos, volvían por un momento a ser algo mas que Julio y Daniel y se transformaban nuevamente en hermanos.

Llegando al fondo y revisando las ultimas fotos ambos concluían el viaje. “Bueno, ¿pedimos la cuenta?” “Si, dale” Julio levantó el brazo haciendo el ademán de deslizar una lapicera imaginaria y moviendo los labios como quien dice sin pronunciar palabra.

El mozo fue a la barra y el viejo Don López, a cargo del lugar y con sus quien sabe cuantos años a cuestas, sacó de abajo un sobre y diciéndole algo al oído, se lo entregó en mano. Éste se acercó a la mesa y mirando a los hermanos anunció “La cuenta está paga. Su padre la dejó paga hace varios años“. Julio sonriendo espetó rápidamente “¿Nuestro padre? Debe ser un error“. Pero el primero no tardó en aclarar, “No, para nada. Don López me dijo que Raúl, el padre de ustedes según entendí, dejó paga la cuenta de antemano con instrucciones claras de que iban a venir en esta fecha, y que se iban a sentar en esa mesa. Junto a ese cuadro. ¡Ah! y aparte dejó éste sobre para ustedes“.

Julio y Daniel no entendían nada, no podían salir del asombro. Daniel extendió la mano y agarró el sobre sin poder pronunciar palabra. Se quedaron en silencio por un rato hasta que lo abrieron, totalmente atónitos y estupefáctos.

Daniel metió la mano y de adentro sacó una foto. Eran ellos dos sentados en esa misma mesa abrazados con su padre, los tres con una sonrisa de par en par. Y del otro lado la letra de Raúl que recordaba “De vuelta del partido Boca San Lorenzo. Un empate magnifico. Julio (12 años) y Daniel (10 años). Pizzería El Cuartito, 4 de Noviembre de 1989“.

Ambos miraban la foto, y proyectaban en sus mentes aquel día. El viaje a la cancha. Las chicanas entre ambos, las risas. La vuelta hacia aquel lugar. Lo bien que la pasaban de chicos. Cuánto se querían. Lo mucho que se necesitaban.

Julio miró a Daniel. “Che, si pido otra cerveza ¿te quedás un rato?” Y Daniel: “Y si, dale pedí nomas. Me quedo” La cerveza fue la primera de varias. Ambos hermanos se quedaron por horas en aquella mesa. Recordando su vida, defendiendo goles y partidos, rearmando su pasado y dándole lugar quizás a un futuro compartido.

El mozo miraba a lo lejos y acodándose en la barra le preguntó al viejo, que de tanto secar los vasos le sacaba lustre. “López, ¿usted sabía todo esto? Lo de la foto digo” López se rió y mirando al engominado mozo en su perfecto mameluco blanco le dijo “¿Y quién se piensa que sacó esa foto? Ay Gómez, ¿cuando van a entender ustedes que ésto no es un negocio de comida nada mas? ¡Por acá pasa la historia hombre! Mire, ¿sabe de que están hechas éstas paredes? ¡Están hechas de gente! Y de historias. Historias que nos sacan sonrisas o lagrimas, nos pegan los cachetazos mas duros y nos dan las alegrías mas inconmensurables. Y por éste salón pasa gente que también tiene sus historias. Gente que la pelea todos los días, y que sobre todo, ¡vive! Nosotros no hacemos pizzas solamente mi querido amigo, nosotros acá hacemos magia, Gómez. ¡Magia!

Dicen que Buenos Aires está llena de historias como la de Julio y Daniel, y de lugares mágicos y misteriosos, como éste. Solo hay que aventurarse, conocerlos y quererlos.

El viaje bien vale la pena.

“Buenos aires es como contabas, hoy fui a pasear,
Y al llegar a la plaza de Mayo me dio por llorar.
Y me puse a gritar ¿dónde estás?”

Con la frente marchita – Joaquín Sabina. (Mentiras piadosas, 1990)