Luciérnagas

La ventana despintada con sus cuatro paneles de vidrio, mediaba entre Joaquín y la noche, ya de madrugada. Figuras borrosas danzaban en torno a su rostro, con el vapor que emanaba una taza de café recalentado por segunda vez; mientras su mirada buscaba destellos de otro tiempo. “Quizás se extinguieron…” pensó. Y repitió un “quizás” en voz alta, casi sin querer. De chico Joaquín pasaba las noches en el jardín de su casa, entre luciérnagas. Le fascinaban esos insectos. Jugaba a ponerlas en un frasco e iluminar un mundo por él inventado, bajo las estrellas. En aquél entonces y sobre todo en las noches de verano, solía ver miles volando. Centelleando intermitentemente sus abdómenes fosforescentes, intentando darnos un mensaje –pensaba él-, que nos advirtiera de algo que jamás entenderíamos. Volvió al presente, a su cocina, y miró su mano. La extraña sensación en la piel nuevamente, al estirar el brazo y repetir el movimiento que había hecho esa misma tarde.

Cerró los ojos y recordó esa esquina, repasando como una película cada movimiento. La silueta se dibujó frente a él, al final de la cuadra, y forzó la vista para estar seguro. La gente, ajena a Joaquín y su sorpresa, entorpecía su visión como negándole la búsqueda. Aquella imagen volvía y se esfumaba entre las personas, una y otra vez; causando en él una emoción que llevaba inscripta en el cuerpo, dormida por años. Comenzó a correr con la mirada fija en aquél horizonte. Apretó los puños y puso los brazos junto al torso, moviéndolos acompasadamente, por instinto y sin pensar. Como si eso lo ayudara a ubicarlo más cerca del imposible.

Llegando a una vieja panadería, a pocos metros y ya sin nada ni nadie entre ambos, pudo dar crédito a su esperanza. Aquella silueta, delineada por un sol en trayectoria hacia el ocaso; esa composición de formas de luces y sombras, era ella sin duda alguna. Joaquín estaba extasiado de tenerla allí junto a él, luego de tanto tiempo y de inciertas distancias. Su mente disparaba incesante un tendal de recuerdos que se agolpaban y se sumaban al vértigo de la carrera desesperada. Hubiera querido gritar, llamar su atención; pero no podía hablar, enmudecido por todo lo que estaba viviendo. Ya casi junto a ella estiró el brazo tanto como pudo en dirección a su hombro derecho.

Fue en ese momento qué desde la puerta del local, adornada con cintas de colores que impiden ver al otro lado, un hombre se arrojó a la calle. Abandonó el negocio con la decisión de un tren en marcha, embistiendo a Joaquín, quién se desmoronó al instante, dando una vuelta en la vereda, sin poder evitar el golpe en la caída.

“¡Joven! ¡Miré a donde va tan apurado!” esputó el viejo incorporándose y volviendo a guardar el pan desparramado con el choque. Joaquín no respondió, acaso ni lo miró. Solo la buscó a ella, imaginándola junto a él y pronunció ahora sí su nombre, como un mantra, un grito de auxilio desde el vacío mismo: “¡Mabel!”. Pero solo descubrió el fin de la calle, desierta. Se levantó y retomó el andar, con la mirada siempre hacia adelante. Llegó a la esquina y buscó hacia las cuatro directrices que se abrían como infernales acertijos del espacio. Nadie. Solo una anciana acompañada de dos perros, que aseguraba no haber visto a ninguna mujer con esa descripción.

Joaquín abrió los ojos, arrojó el resto del café en la cocina y apoyó la taza junto a la canilla. Se acercó a su cama y se dejó caer, atribulado y agotado. En el instante mismo en que cerraba sus ojos, en otro lado Mabel los abría, despertándose con una sensación extraña, como la que vivió la tarde anterior. Recordó el camino y esa vereda. La idea de que alguien la seguía y el calor en su hombro derecho. El ruido de las cintas en la puerta de aquél local. Y al girar, ese hombre con una bolsa llena de pan, quizás para su cena, que apenas le devolvía la mirada.

Se fue a la cocina, encendió una hornalla y llenó la pava. No seguiría durmiendo, no creía poder conciliar el sueño nuevamente. Esperó a que el agua estuviera lista y se dejó llevar, mirando por la ventana hacia el patio. En ese momento fue cuando las vio.

Al principio creyó que era un engaño de su mente, aún aturdida por los residuos del sueño. Acercó el rostro al vidrio y aguardó para asegurarse, hasta que los chispazos volvieron. Allí danzaban esos pequeños insectos, iluminando fracciones de un mundo preexistente, oculto a la mirada diaria. Brillos azarosos ante el incauto observador de turno, pero en misteriosa y armónica coreografía; comunicando ante los ojos de Mabel quizás una palabra, un mensaje o una verdad nunca dicha, mientras la noche llegaba a su fin.

“And I’m lost, behind words I’ll never find
And I’m left behind as seasons roll on by”

Seasons – Chris Cornell (Singles: Original Motion Picture Soundtrack, 1992)