Mala suerte

En el momento exacto en que Francisco resolvió contarle la verdad, el espejo cayó al suelo partiéndose en mil pedazos. Observó entonces su rostro, segmentado y repetido en cientos de cristales diseminados a su alrededor; imaginando que aquello sería un mal augurio, cargando siete años de fatalidades. Pero no dejó apabullarse por aquella superstición y fue directo a buscar el teléfono para marcar el número de Irene. La ubicó entre sus contactos y justo antes de llamar, la imágen en la pantalla se consumió hasta una línea horizontal que se esfumó de a poco. Su teléfono quedó con la misma utilidad que la de un pisapapeles. Fue entonces, con seguridad, en que pronunció aquella palabra por primera vez: “¡Mierda!”, encerrando en esas seis simples letras, todo el odio ante la coincidencia de los hechos.

Decidió por consenso entre sus muchas inseguridades y sus pocas valentías, ir a su casa sin previo aviso. Después de todo no sería la primera vez que se presentara allí y de esa forma. Subió a su auto, se puso el cinturón de seguridad (no fuera cosa que la realidad lo chocara más fuerte que sus ilusiones) y le dio contacto a la llave. Cinco veces intentó arrancarlo, sin obtener más que un ruido desde las entrañas mismas de aquel manojo de hierros, que pugnaba por gritar un dolor indescifrable, ante los escasos conocimientos mecánicos de su conductor.

Masticando bronca se incorporó, y dio un portazo al vehículo diciendo: “Será caminando entonces”, casi en sincronismo con la primera gota que se deslizó por su frente. Luego otra y luego la peor tormenta de la que tuviera recuerdo alguno. Dentro de su casa, mirando por la ventana, fue la segunda vez en que pensó en esa palabra, pero no la dijo ahí nuevamente, sino a las horas, cuando ya en marcha bajo la lluvia, el paraguas se le hizo añicos con el viento. Francisco corrió para llegar al próximo techo y la baldosa más floja de la cuadra le empapó toda la pierna izquierda. Y ahí sí, víctima de esas desventuras miró al cielo y exclamó: “¡Mierda!”

Mas siguió caminando endeble ante el infortunio, debajo de escaleras olvidadas y esquivando gatos negros que se cruzaban a su paso. Así mantuvo su camino, incesante. Cuando llegó, tocó el timbre y luego golpeó las manos, sin que nadie saliera. Ya resignado a pegar la vuelta, una voz desde adentro preguntó quién era. Y él respondió tartamudeando su nombre, mezclándolo con una pequeña dosis de esperanza.

En lo de Irene los mates se extendieron largo rato mientras Francisco transpiró frio y juntó coraje de a poco. Contó objetos para tranquilizarse, eso siempre le había dado resultado: azulejos, adornos, e imanes de la heladera… pero todos le sumaban trece. Finalmente se decidió. Apoyó las manos en la mesa para disimular el temblor, y trastabillando con sus palabras, le atinó a un: “Irene, yo te quería decir algo” Ella, hermosa ante sus ojos, le devolvió un tímido “Si Francisco, decime. ¿Qué pasa?” Y justo en el momento en que él abrió la boca como un canal directo a los deseos más íntimos y profundos de su corazón, el mundo se le apagó.

Hasta pensó que sus miedos lo habían cegado, pero no. Era la luz que se había cortado, en toda la cuadra y quizás en el barrio, producto de la lluvia. Ahí la palabra la dijo Irene, dándole otro significado al mismo rejunte de letras, y se levantó a buscar velas, a juzgar por el sonido de los pasos que él escuchó alejándose. Al rato el ruido de un cajón y su voz, la de ella, que le dijo: “Dale, decime mientras tanto lo que me querías contar” Y otra voz, la de él, que respondió: “Si mirá… lo que yo te venía a decir es…” Y al hacerlo, pensó en lo difícil de contarle aquello que sentía por ella, con la duda de saber cómo se lo tomaría y sin siquiera poder mirarla a los ojos. Una pesadilla que siempre podía ser peor ya que Irene interrumpió, tiñendo con sus palabras aún más la negrura, de todo lo que lo rodeaba: “¡Este Julio que me cambia todo de lugar!” Francisco no quiso preguntar aquello que no quería saber: “¿Quién carajos era Julio?” Y cerró bien fuerte los ojos, como si acaso hiciera falta entre tanta oscuridad.

Se quedó callado, sentado en el medio de la nada misma; y pensó. Pensó en el espejo, el teléfono roto, el auto que nunca arrancó y la lluvia. Los siete gatos negros y las seis escaleras que sumaban trece, e imaginó que todo eso se presentaba frente a él, danzando y cantándole a coro: “¡Si te habremos avisado! Mirá que sos cabeza dura, ¿eh?” Y susurró muy bajito y por última vez. Pero a esa altura la dijo dos veces, porque quería y porque ameritaba: ”¡Mierda! ¡Mierda!”

Irene ajena al calvario de su invitado, entregada a la tarea de encender alguna luz, le pidió si la ayudaba acercándole los fósforos que estaban sobre la mesa. Él se levantó y dio un paso firme, pero al siguiente se tropezó con una silla, o con alguna otra cosa que había en el suelo. Lo seguro es que perdió el equilibrio, dio un par de pasos desprolijos y a los tumbos, evitando caer redondo, y por reflejo estiró los brazos para atajarse de lo primero que encontrara.

Fue así que su mano derecha se agarró fuerte de algo. Una sensación de tela con un borde, que como una costa abrazaba a un mar tranquilo y cálido. Sus dedos fueron sintiendo el contorno de aquella figura que pegaba la vuelta y se perdía en el más allá. No pudo adivinar que sería aquello que le había evitado la caída. Y no pudo hacerlo porque no tuvo tiempo, ya que en ese preciso instante la luz volvió, e iluminó la cocina y los azulejos; los adornos, los imanes de la heladera, y a Irene con su pecho izquierdo, cubierto por la mano de él.

Francisco sintió vergüenza y pensó en las probabilidades de que su suerte lo empujara a estar así, de esa forma. Pensó también en que decirle, si disculparse, reírse o simplemente marcharse. Pensó en todo eso, pero no hizo ni dijo nada y ni siquiera retiró su mano. No porque no pudiera, sino porque no quería hacerlo. Y deseaba, tan solo, prolongar aquella sensación hasta el infinito.

Ambos quedaron en silencio. Irene dejó las velas en la mesada y estiró su mano levantándola lentamente. Francisco, perdido en el encanto de sus ojos y el calor de aquel cuerpo bajo su palma, no apartó la mirada y se quedo quieto; pero imaginó aquel brazo, el de ella, buscando algo filoso o contundente. Un cuchillo quizás, o tal vez alguna cacerola pesada. Algo con lo que pudiera partirle la cabeza o desangrarle los sueños. Pensaba en eso mientras lo sentía en su camino vacilante, más allá de su mirada; hasta que supo que se detuvo y ese segundo previo a la nada fue apenas perceptible.

Solo un tiempo que le permitió a él, ver el cambio en el rostro de aquella mujer: esa boca de ensueño que arqueaba las comisuras, dibujando una leve sonrisa. Esos ojos, ventanas ante un mundo exquisito y primitivo, que brillaban dulcemente.

Y el sonido que escuchó, fue el que hizo la llave de luz; cuando ella suavemente con su mano la apagó, dejando a la noche como única testigo.

“When you believe in things that you don’t understand then you suffer.
Superstition ain’t the way”

Superstition – Stevie Wonder (Talking Book, 1972)


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