Noventas

Era de madrugada cuando el timbre empezó a sonar. Me asomé por la mirilla y lo vi a Nicolás, parado en la puerta, visiblemente nervioso. Abrí lo más rápido que pude. “Pelado, ¿qué carajo?” llegué a decir cuando él me interrumpió: “Es Mabel”.

Me puse a llenar la pava instintivamente, casi como un acto de supervivencia. Pero él abrió las puertas del armario y volvió con dos vasos y una botella de whisky. Apagué la hornalla y me senté a su lado. Tragó un buen sorbo y luego empezó a contarme: “Hace una semana que no aparece por ningún lado”. Yo no pensé en nada malo: “quedate tranquilo, quizás se fue al culo del país a ver una banda. ¡Ya sabemos cómo es!”. Nicolás empezó a mover la cabeza, negando mis palabras. “Te digo que no, esta vez no. No apareció por el laburo, ni en la casa de Silvia, ni en el bar. No está”. Le pregunté si había llamado a la policía. Dijo que no, luego me miró y se quedó callado unos segundos; tragó y se rascó la nuca. Le conozco el gesto, siempre hace eso cada vez que está por confesarme algo, ahí nomás me dijo: “Mirá ¿vos te acordás de lo que nos contó sobre el portal?, ¿el dato que le habían tirado en el club?”

Mabel nos había dicho, hacía ya un tiempo, que tenía un dato sobre un alemán que conocía la forma de viajar por portales temporales. Aquello le fascinaba, todo el tema de la energía. Yo jamás creí en nada, pero me gustaba escucharla, ver la pasión que le causaba ese tipo de cosas. Nicolás continuó: “Bueno, nosotros la conocemos mejor que nadie. Ella cada vez que puede, habla de lo mismo: de cuando éramos más chicos, de lo que nos perdimos. Todo lo que escuchábamos y hacíamos en los noventas, cuando nos conocimos… y lo libres que éramos entonces”. Él hablaba y le brillaban los ojos, en eso con Mabel eran iguales. Yo trataba de juntar todos los puntos, pero no sabía a donde quería llegar. Le imploré: “Son las tres de la mañana. Te pido por favor que me expliques mejor”. Él se tiró las mangas del abrigo para atrás y se frotó las manos, nervioso por lo que iba a decir: “Bueno, ¿viste la foto que tengo del recital en Vélez, allá por el 93?”

Él había hecho un poster de un show que había salido en una revista, y tenía esa foto colgada en su casa. Cada vez que nos juntábamos, Mabel decía que fuimos tres boludos por habernos perdido esa fecha. Acusaba siempre: “El sentimiento primal de esa banda, acá a media hora de bondi y nosotros como unos perejiles, anda a saber… quizás borrachos en alguna esquina”. Nicolás sacó el teléfono del bolsillo y me mostró una foto de esa imagen. El líder de la banda empuñaba su Stratocaster para zurdos y ahí nomás, un mar de almas empapados de tanta magia. Lo miré esperando una explicación: “El poster” – dije- “… ¿qué tiene?”. “Mira bien” respondió. Y me señalo a la gente de la primera fila, al lado del escenario. Entre ellos, extendiendo los brazos, estaba Mabel con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo no entendía nada. Lo miré y le dije lo único que se me vino a la cabeza: “la trucaste”. Él me pidió que buscara esa foto en Internet. Lo miré y me reí, pero cuando me di cuenta que se había quedado esperando una reacción mía, saqué el teléfono y me puse a buscar. Aún recuerdo el miedo al comprobar que no mentía, Mabel estaba en esa foto. En todas y cada una que aparecía en la pantalla. Nicolás interrumpió mi desconcierto: “Tenemos que buscar al alemán… ya mismo”. Era imposible creer algo así, pero por otro lado la prueba irrefutable estaba ahí mismo. Habíamos visto esa foto mil veces, la conocíamos de memoria y esa persona claramente, era ella.

Al día siguiente fuimos para allá. Una casa grande por el bajo Belgrano. Llamamos a la puerta y nos atendió un tipo muy alto que no paraba de masticar. Nos hizo pasar a un living y nos indicó: “esperen acá”. Al rato una voz nos llamó de la habitación contigua y al entrar encontramos en una oficina plagada de libros, a un hombre de bigotes prominentes, tomando café de una taza apenas más grande que sus manos. Frunció las comisuras con la falsedad de una hiena y nos invitó a sentarnos: “Ustedes dirán, ¿qué los trae por acá?”

Le dijimos que buscábamos a Mabel, le mostramos una foto suya y al verla no ocultó el hecho de conocerla. Comencé a explicarle el motivo de nuestra presencia y al hacerlo, mis palabras, atentaban contra toda lógica posible. Casi tartamudeando dije: “Tenemos pruebas de que ella… bueno, de que…” No podía armar la frase. Nicolás siempre más expeditivo y resuelto que yo, largó sin tapujos: “Usted la mandó para el pasado, ¿verdad?” El alemán sonrió y agregó rápidamente: “Yo no ‘la mande’ a ningún lado. Ella estaba buscando algo y digamos que lo mío es facilitarle las cosas a la gente, ni más ni menos”

“Bueno ahora necesitamos que lo traiga de vuelta” agregué imperativo. A lo que me respondió tajante: “Esto no se maneja así. Uno no puede andar yendo y viniendo todo el tiempo. No es un viaje con boleto de ida y vuelta mi amigo”

Ahí fue cuando todo se empezó a descontrolar. No sé si tanto por mis palabras o por Nicolás, que lo agarró del cuello, haciendo que otros dos tipos entraran al instante; la cosa que el alemán nos invitó a irnos. Al salir volvimos a la primera habitación, pero se escuchó un grito: “¡que salgan por la otra puerta!”. Uno de los gorilas que nos agarraba de los hombros confirmó: “¿la otra jefe?”. La respuesta no tardó en llegar: “si, la de servicio”. Así que nos llevaron a un pasillo largo y nos mostraron una puerta al final, por donde salimos a la calle. Caminamos ligeros y sin mirar atrás.

Nicolás estaba rojo de la bronca. “¡Nazi hijo de mil putas! ¡Vamos a denunciarlo!” Yo no imaginaba como denunciar a un tipo y explicar que se dedicaba a mandar gente a otro tiempo, con la credibilidad necesaria para que siquiera lo investigaran y no nos pasaran al loquero primero.

Caminamos calle abajo, por Monroe, volviendo a Cabildo. De pronto pasamos por la puerta de un bar con la música a todo volumen. Nicolás me dijo, “así no puedo pensar, vení que te invito unas birras”. Cuando llegamos a la puerta levanté la vista y vi el nombre en la marquesina, me gusto el homenaje, aparte en esa zona. Una vez dentro nos fuimos directo a la barra. Nos pusimos a hablar de Mabel, pensando qué otra cosa podíamos hacer y si todo eso podría ser cierto. Estábamos viviendo como en un sueño. Nada tenía mucho sentido. “¿Dónde carajos está esta piba?” repetíamos sin parar. Agarré el teléfono para ver la hora, estaba muerto. Era raro, creía haberlo cargado por la mañana, maldita dependencia tecnológica pensé. Me encorvé en la barra y pedí otra cerveza.

Estaba pagando cuando escuché un ruido de vidrios y un líquido empezó a mojarme la pierna. Me di vuelta y Nicolás ya sin el vaso en la mano, me agarraba fuerte del brazo. Le largué instintivamente: “Pelado, ¿ya estás en pedo? ¡No aprendes más!” pero él me miraba y no podía hablar, estaba tan pálido que la cara le brillaba bajo las luces. Señalaba el escenario y temblaba. Cuando miré a lo lejos haciendo foco, el miedo también se apoderó de mí. La banda estaba empezando el primer tema, una banda como cualquier otra, pero con un cantante que había muerto hacía cuatro años. Nos quedamos petrificados. Mirando a nuestro alrededor. No queríamos pensar en la única respuesta posible a tanta locura.

Desde ese día todo cambió. Finalmente encontramos a Mabel y ahora vamos los tres para todas partes. Conseguimos trabajo de tanto en tanto y con eso alquilamos un departamento; el más barato que encontramos en medio de la ciudad. Intentamos ir a donde vivíamos, pero todo es distinto, no hay versiones nuestras en este tiempo, ni siquiera rastros de los que fuimos. Ahora somos esto: acá y ahora; y de a poco nos vamos olvidando de donde vinimos. Los recuerdos se van borrando y el futuro que alguna vez fue, se esfuma con la seguridad de un imposible. Es por eso que escribo estas palabras, para quien las encuentre, o hasta para nosotros mismos; cuando el tiempo que ahora es presente, nos haya absorbido por completo.

A veces paso por lo del alemán, pero aún no han comenzado ni las obras de su casa. Igualmente, no sé si querría volver a encontrarlo. Quizás Mabel tiene razón después de todo; quizás acá somos más libres…

“Take your time, hurry up
The choice is yours, don’t be late”

Come As You Are – Nirvana (Nevermind, 1991)


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