Ofrenda

Citando interpretaciones de ofrendas hechas a lo largo de la historia, nadie jamás habló de la teoría sobre la que Juan Branés tenía un convencimiento casi absoluto. Y el “casi” se daba porque en su calidad de hombre, Branés buscaba solo ante el espacio de la duda, solo por ese grado de incerteza que lo movilizaba. De tal forma, él creía que las ofrendas que se han encontrado en varias ubicaciones de nuestro planeta y hechas por cientos de distintas culturas, surgían  siempre desde otro lugar; como un reclamo de un equilibrio necesario, gestado como contrapunto a tanto sueño y deseo del hombre. La teoría de Branés indicaba que al ser humano, en calidad de ser pensante y con uso de razón, no se le podía permitir el deseo de ideas que transformaran su condición de tal. En rigor, según afirmaba: “si el hombre sueña, pone de manifiesto un deseo que reclama irrealidades, y por ende debe existir algo que mantenga con el más allá, el balance necesario entre certezas e improbabilidades”.

De esta manera Branés llegó a cuantificar una suerte de medida de la ofrenda. Interpolando culturas, registros históricos, descubrimientos y eventos, logró ponderar de alguna forma una relación universal entre lo que se ofrendaba y lo que se pedía como permiso de ser soñado o anhelado. Relacionó así cosechas con dibujos pictóricos de hombres alados, sacrificios con creencias de un paso a otra vida, descubrimientos de alfarería y metales preciosos con historias de victorias ante el enemigo. Todo estuvo, en su obra, catalogado al detalle. 

Pero en rigor nadie sabe porqué nunca se conoció más que la primera publicación sobre sus ideas. Sin embargo se cree que la explicación está ligada a un hecho que se dio luego de la divulgación de sus primeros trabajos, a mediados de un otoño y sin aviso previo. Para ese entonces la crítica aún no lo había etiquetado siquiera como un “historiado de lo imposible” (tal el único título dedicado en una breve nota de un diario de domingo).

La cosa es que Branés, que todo lo analizaba con gran dedicación, no se dio cuenta del pequeño casi que se alzó frente a él aquella tarde, amenazando todo absoluto. No lo vio venir ni al estar encaramado sobre el pequeño puesto de aquel artesano, y menos que menos, luego de pagar por ese par de aros. No hubo entonces ponderación posible, ni escala cuantificable donde pudiera ponerle un valor específico a tal acontecimiento. Y eso, según parece, hizo que se rompiera algo muy dentro suyo, en el tiempo en que tarda un sueño que se cree ajeno, en reclamarse como propio.

Fue solo entonces cuando reconoció temblando en sus manos, el valor y significado de aquello que le permitiría ser transformado. Y consternado halló finalmente en esos adornos tan diminutos y frágiles, la ofrenda misma que otorgaría, el equilibrio entre su gris existencia y el inexorable deseo a no ser olvidado.

“Desafiando al rito. Destruyendo mitos”
El Rito – Soda Stereo (Signos, 1986)


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