Oriente urbano

El trabajo en el salón comienza a las seis. Barremos y preparamos las mesas. Ponemos los manteles y la vajilla. La cocina arranca un poco más tarde, a eso de las siete.

No recuerdo porqué aquel día elegí éste lugar en el barrio chino para comer algo, luego de un itinerario errático por la ciudad. Quizás fué por el enorme jarrón de la entrada que me recordaba esa historieta que leí de chico. Todo el salón estaba colmado de adornos orientales que aún hoy siguen. Recuerdo que me senté cerca de un Quirin. Una imagen de un animal guardián, con cabeza de dragón y cuerpo de caballo. “Es para el buen augurio” me dijo el mozo mientras me dejaba un vaso de té helado. La noche dio lugar a la charla entre ambos y así fue que nos pusimos a hablar sobre el significado de algunas figuras chinas, costumbres de oriente y creencias. En un momento como es habitual cuando el diálogo ya lo amerita, nos presentamos. Fue ahí donde él me preguntó: “¿De dónde viene?”. Y yo sin saber porque, solo pude responder: “no lo sé realmente”.

Al momento de pedir la cuenta, Yong me preguntó si había ido a visitar el templo. Uno que se encontraba a pocas cuadras. Le pedí indicaciones de cómo llegar, terminé el té, y pagué levantándome para irme. Él me miró fijo y enunció las palabras que nunca olvidaría. “Todos venimos de aquí”, me dijo tocando su sien con el dedo índice.
Justo antes de cruzar la puerta me detuvo. Me ofreció una vela y me pidió que la encendiera y la dejara junto a las otras que se encontraban al lado de la puerta de ingreso. Mientras lo hacía, él tomó una de las encendidas, la apagó y se la guardó en el bolsillo.

Caminé hacia el templo. Lo encontré fácilmente. Si bien no tenía ningún cartel, coincidía con todas las referencias que Yong me había proporcionado. Una gran puerta de madera con una aldaba en forma de cabeza de tigre sosteniendo un aro con su boca. A los costados dos ventanas con pequeños bonsái que me parecieron de juguete. Llamé a la puerta y me recibió una mujer luciendo un hanfu negro con detalles rojos que me invitó a entrar. Al cruzar la puerta caminé por un largo pasillo que daba a un recinto de un color verde jade intenso, donde me encontré con más figuras chinas, velas en cada pared y un fuerte olor cítrico en el aire. La mujer me hizo pasar con un gesto. Así conocí la sala de meditación principal, la pagoda de ocho paredes y el jardín interno. A medida que avanzaba por esos pasillos y esos recintos yo me sumergía en un estado de mayor tranquilidad. Comenzaba a experimentar una suerte de letargo que se apoderaba de mí. Algo me cautivaba de aquel sitio, me ataba a esos espacios. Finalmente me indicaron las tareas que iba a realizar. El horario en el cual se daban las comidas y donde dormiría. No pregunté nada. Supe que desde aquél momento ése sería mi lugar.

Desde entonces mis días pasan sin sobresaltos. La rutina es siempre la misma. Por las mañanas tenemos actividades con los demás. Trabajamos en el parque, colaboramos en mantener el sitio en condiciones haciendo algún que otro arreglo. También limpiamos o cocinamos. La gente es buena, hablamos poco y hacemos mucho. Nadie sabe lo que pasa afuera, en realidad a nadie le importa demasiado. Luego del almuerzo tengo la tarde libre para leer o sentarme a pensar. Me gusta usar el jardín de invierno en esos momentos, siempre hay buena luz allí y los días de lluvia me quedo mirando el agua por sus ventanales. Solo a veces pienso en los que dejé afuera, quienes nunca más supieron de mí.

Hace un tiempo me asignaron para trabajar en el local. Estoy encargado de recibir a los comensales. El trayecto del templo para acá es mi única salida. Y cuando camino por la calle me gusta prestarle atención a la gente. Me parece que ahora puedo reconocer en sus miradas a los que buscan, todo el tiempo, algo o alguien que los saque de éste mundo. Hoy al venir para acá me detuve en la entrada de un negocio y recordé cuando estaba parado en un escalón, en otra parte de la ciudad, aquél día, esperándola. “¡Perdón! Me ganaste, al final llegaste antes que yo” me dijo justo antes de hacer eso. Justo antes de ese movimiento. Aquel detalle. Cuando estiró su mano y me sujetó fuerte de mi abrigo, acercándome a ella. Y así me devolvió a aquel tiempo y lugar. Con ese sutil movimiento, despertó sueños que había olvidado. Son peligrosos esos instantes. Hay que estar preparado para soportarlos. Yo no pude, y me perdí. Comencé a deambular, sin rumbo. Quedé a la deriva en una búsqueda incansable, pero necesaria. ¿Quién era yo? ¿De dónde venía? Y sobre todo, ¿A dónde quería ir? Todo por esa experiencia quizás, por sentir su mano sujetando mi abrigo, empujándome hacia otro espacio. Hoy me pregunto si ella lo recuerda, y si me recuerda.

Acabo de terminar con los manteles. Comienzo a sentir el aroma de la cocina. Le pido al encargado que me de mi vela. Me la acerca y me voy al costado de la puerta, la enciendo y la dejo junto a las demás. Algún día podré llevármela, cuando otro tome mi lugar.

Me quedo mirando su llama y aguardo.

“Te encontraré dónde pueda, me llevarás hasta el cielo.
Perdurarás en el aire mientras te vuelvo un sueño”

Mas Que Un Deseo – Las Pelotas (Basta, 2007)


Un pensamiento en “Oriente urbano”

  1. Hermoso el instante en que se pierde la conciencia del espacio y del tiempo…..
    No importa si se debe volver…
    No importa como ni cuando…
    Quizás la vida sea eso…volver siempre de algún lugar….
    Te quiero…..

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