Otro

El viaje había sido agotador. Decidí saltearme la cena y dormirme cuanto antes. El hotel no estaba nada mal, aunque sinceramente lo único que me importaba era tener una buena cama. Desarmé las sabanas y me metí dentro, estirando los brazos que se abrían paso entre los pliegues de la tela. Fue allí cuando lo sentí: un objeto de metal. Al principio me asusté por instinto, pero luego me di cuenta que solo se trataba de un reloj de pulsera. Evidentemente había quedado allí olvidado por su dueño y por la encargada de limpiar la habitación. Lo puse en la mesa de luz, apagué el velador y me dormí. A la mañana siguiente, luego de desayunar, se lo entregué al hombre de la recepción y me marché a encontrarme con el cliente que había ido a ver.

Cuando viajo tengo esa sensación, no sé como describirla. Es como sentir vértigo. Estar inmerso dentro de una realidad, distinta a la habitual, donde todo funciona sin que debamos hacer nada al respecto. Siempre me sedujo aquel sentimiento, el de ser un extraño para todo el mundo. Hay algo de irreal y necesario en él. Pensaba en ello buscando un taxi, cuando pasé por un café. Un cartel ofrecía un empleo para atender la caja por las noches. ¡Cuanta libertad la de esos trabajos! Sin compromisos ni obligaciones adicionales. Me subí a un auto dejando los pensamientos detrás y comencé la jornada.

Esa noche al volver al hotel decidí ducharme e ir a comer algo. Al peinarme frente al espejo, vi reflejado en él un objeto que no reconocía. Me di vuelta y comprobé que era un cinturón, enroscado y apoyado en la punta de la mesa. ¿Era posible que no lo hubiese visto antes? El día anterior estaba realmente cansado y por la mañana no había prestado atención. Decidí que si, que era probable después de todo. Se lo entregué mas tarde al recepcionista de la noche al salir a cenar.

Así pasaron los siguientes días. En total encontré siete objetos más, siempre en alguna parte de la habitación. Cuando apareció una corbata en un cajón, la sorpresa se transformo en disgusto. Bajé rojo de la furia. Al llegar a la entrada tiré la prenda sobre el mostrador y dije a los gritos que iba a elevar una queja a las autoridades del hotel. Que evidentemente el personal de limpieza no estaba haciendo bien su trabajo, y que ya era demasiado. Luego volví a mi habitación y al llegar a la puerta me di cuenta que había olvidado las llaves dentro. Traté de empujarla y hasta la golpeé de la impotencia. Iba a ser necesario solicitar una copia.

Justo en el momento en que me estaba por retirar, la puerta se abrió y del otro lado ví a un hombre, aguardando. Vacilé un momento, mire el número de la habitación creyendo haberme confundido. Los números no se repetían por piso, no obstante observe el pasillo, los cuadros. Le murmuré al hombre palabras inentendibles y comencé a entrar en la pieza. El tipo me frenó, me dijo que por favor no lo incomodara. No obstante lo aparté con el brazo y seguí. Dentro solo había pertenencias ajenas. Nada mío. Era la habitación correcta, pero estaba siendo usada por otro.

Salí mareado, aturdido; bajando las escaleras a los tumbos. El hombre me gritaba algo a lo lejos que no podía comprender. Llegué a pensar que me habían cambiado de cuarto, intentando darle razón al sinsentido. ¿Pero quién hubiese hecho eso en tan poco tiempo? ¿Y con qué motivo? ¿Estaba siendo víctima de una broma de mal gusto quizás? Al llegar nuevamente al hall de entrada el tipo del escritorio me miró sorprendido. Le dije consternado: “hay otra persona en mi habitación” y al escucharme trataba de reflexionar por lo absurdo de mis propias palabras, sin esperar jamás la reacción de aquel hombre.

Me pidió que le dijera mi nombre, con las manos sobre el teclado esperando buscarme en el sistema. “¡Vamos, soy yo! Bajé hace un instante. Estoy desde hace algunos días aquí. Soy el tipo que le ha traído objetos que han aparecido en el cuarto. ¿No me recuerda?” El tipo me volvió a preguntar el nombre y agregó que era la primera vez que me veía y que no debía subir a las habitaciones si no estaba registrado en el sistema. La conversación se fue acalorando cada vez mas. Comencé a gritarle que como era posible aquel trato, y el hombre me seguía hablando como a un desconocido. Finalmente vino alguien de seguridad y entre ambos me echaron a los empujones.

Así fue como quedé solo, en una calle a miles de kilómetros de mi hogar y sin mas que lo puesto. Mi billetera, mis documentos, mi teléfono; todo había quedado arriba en esa habitación en la que ahora había otro hombre, con otras cosas: las suyas.

No sabia que hacer, estaba perdido física y mentalmente. Aquello era una locura. No podía comprender todo lo sucedido. Me puse a caminar. Pensaba una y otra vez repasando cada momento. Al levantar la vista, me encontré frente al café. Vi el cartel nuevamente y entré. Había solo dos mesas ocupadas. Me dirigí a los baños; al lado había un teléfono. Recogí unas monedas que encontré en el piso y llamé al único número que recordaba. Del otro lado una voz que jamás había escuchado. Marqué el número otra vez. La misma voz. Corté y volví temblando hacia la barra. Cuando una mujer me preguntó si podía ayudarme, respondí con lo primero que se me vino a la mente: “si, vengo por el aviso” Ésta llamó al dueño y aquél me comentó lo que había que hacer. La paga no era muy buena pero podía quedarme a dormir en el local. Había una habitación con una pequeña cama al fondo. Me puse tras la caja ahí mismo y comencé a trabajar, sin pensar en otra cosa.

Al final de la noche, luego de cerrar, acomodé unas copas y me dirigí a la habitación. Estaba agotado, solo quería dormir. Prendí la luz y comencé a desvestirme. Encontré algo de ropa limpia que había dentro de un armario. Me probé una remera que era de mi talle. Luego me acosté y apagué la luz. Debía descansar, el café abría temprano por la mañana.

“Stranger in a strange land.
He looked at me like I was the one who should run”

Stranger In A Strange Land – U2 (October, 1981)