Parecidos

Pablo terminó de levantar la persiana del negocio como cada día, justo cuando su celular comenzó a sonar. Miró la pantalla y comprobó que era Ernesto, amigo y dueño de una inmobiliaria. No lo atendió, sabía por qué llamaba. Al rato recibiría un mensaje de texto, como tantas otras veces, diciendo que los interesados seguían preguntando por la compra del local. Y una vez más su amigo le pediría que le hiciera caso y que vendiera esa disquería de una buena vez por todas.

Vender era una alternativa para empezar de nuevo. Pero Pablo no podía, ese lugar había sido el sueño de su padre. Allí habitaban los recuerdos de su niñez. Corriendo entre bateas, jugando y escuchando atento las historias de cada disco imprescindible. En un tiempo supo ser un reducto de referencia entre coleccionistas y amantes de la buena música donde se recibía a cada cliente como a un amigo y rara vez se cerraba en hora. Siempre había tiempo para el debate sobre estilos, artistas, tendencias y vanguardia. De aquel pasado solo el recuerdo quedaba. Su padre había fallecido hacía ya tiempo y el negocio de la venta de discos no alcanzaba para poder vivir.

Ese día, al caer la tarde, Pablo decidió estirar el horario de cierre y se quedó ahí, escuchando sus canciones preferidas. Cerca de las nueve la campanilla de la puerta sonó. Levantó la cabeza y vio a un hombre bastante mayor acercándose al mostrador. Venía hacia él con los ojos abiertos de par en par. “Vos debes ser Pablo. ¡El parecido es asombroso!”

Él no entendía a qué se refería. Solo atinó a saludarlo: “Buenas noches. ¿Qué parecido?”
“Yo fui amigo de tu papá, hace muchos años. -dijo el hombre- Te pareces mucho a él”
Pablo experimentó esa sensación extraña. Mezcla de emoción y vértigo, como cada vez que alguien le decía que se parecía a su padre, ya fuera en lo físico o por alguna actitud o algún comentario.
“¿Y de dónde lo conocía a mi viejo?” le preguntó pasándole una banqueta al otro lado del mostrador.
“Uf, de hace mucho. Del barrio. Mi nombre es Francisco, yo estuve con él desde que abrió este lugar, así que sacá la cuenta. Me acuerdo de vos andando por acá a los tumbos, cuando recién empezabas a caminar”.

Aquel fue el inicio de una larga charla. Pablo pudo escuchar atento anécdotas y recuerdos, de cómo su padre había sido un gran amigo, laburante y soñador. Luego de un rato, se animó a contar con tristeza: “Hoy se hace difícil mantener éste lugar. Ya nadie compra discos. La modernidad le ganó a los lugares como estos”.
“Si, lo sé” respondió Francisco recorriendo la sala con la mirada. “Recuerdo cuando tu padre ofreció vendérmelo”.
“¡No sabía que mi viejo había querido venderlo!”
“Hace mucho. Las cosas estaban difíciles también en ese entonces, el país… bah el país como siempre. Y tu viejo me dijo ‘¡Paco, te lo vendo con moño y todo!’. Me hubiera gustado ayudarlo en ese momento”.
“¿Y después…?”
“Después nada. Las cosas fueron mejorando y siguió con los discos”.

De a poco se gestó con la charla, la necesidad de encontrar en esa inesperada visita, a un confidente. Pablo ofreció hacer unos mates y mientras el agua se calentaba le contó a Francisco: “Me ofrecieron comprarlo, sabe. Pero es muy difícil. Pienso que estaría traicionando todos esos años donde él disfrutó de su sueño, entre estas paredes. A mí me queda éste lugar y algunas fotos nomás. Siento que si pierdo esto, de alguna forma lo vuelvo a perder a él”.

El viejo escuchaba atentamente. Cuando agarró el mate se quedó mirándolo un rato. Era uno de esos típicos hechos con una calabaza. Tenía adornos de alpaca en el borde y tres patas que le servían de apoyo. “¿Era de tu viejo? El coleccionaba ¿no?”
“Si-contestó Pablo- Era de él. Debo tener unos cuantos en casa”.
Francisco asintió con la cabeza y comenzó a chupar la bombilla con los ojos cerrados, como si saboreara un vino añejo de alguna gran bodega. “Ahí está el sabor” dijo finalmente.
“¿Que sabor?”
“El de sus mates. Los curaba él. ¿Sabias?”
“Tengo imágenes en la memoria, de chico, pero no recuerdo ni como lo hacía”.
“Aprovechaba después de algún asado. Le tiraba un poco de azúcar y un chorro de coñac al mate virgen. Por último metía una brasa que tuviera la medida justa. Luego lo hacía girar en la mano. La brasa evaporaba el alcohol del coñac y el resto formaba un almíbar que sellaba las paredes internas. Así quedaba listo para usarse y aparte le dejaba este sabor que aún se siente. Son los mates de tu viejo. Tienen un sabor único”.
Pablo escuchaba emocionado. Recordó estar allí en esos momentos, mientras aquel ritual se llevaba a cabo. El olor del coñac en el ambiente. El humo al meter la brasa. Las imágenes bailaban en torno a él, los sonidos se escuchaban a lo lejos.

Cerca de la medianoche Francisco se levantó y dijo que era hora de marcharse. Pablo ofreció acompañarlo pero el viejo se negó, dijo que vivía cerca, que no hacía falta. Se acomodó el abrigo, estrechó su mano y empezó a caminar. Antes de abrir la puerta volvió la mirada y dijo: “Pibe, tu viejo fue un gran hombre. ¿Y sabés de qué son capaces los grandes hombres? De que sus sueños hagan realidad los sueños de los demás”. Luego salió y se perdió en la noche.

Pablo se quedó mareado por lo ocurrido. Pensó largo rato en todo lo que habían hablado. Luego tomó el celular y le escribió a Ernesto una sola palabra: “Hagámoslo”.
Un mes más tarde se reunían en la oficina de un escribano, Pablo y Ernesto. Al rato llegaban los compradores. Una pareja casi de su misma edad. Estaban muy contentos. Iban a usar el lugar para poner un pequeño café. Eran vecinos de la zona. Firmaron los papeles y cerraron la transacción.

Al salir se despidieron en la vereda y los flamantes dueños preguntaron: “¿Querés que te acercamos a algún lado? Estamos con mi papá y mi hijo pero hacemos lugar” Y señalaron a un auto estacionado a metros de ellos. Pablo miro en esa dirección y comprobó atónito que el asiento de atrás lo compartían un pibe adolescente, perdido en su teléfono celular, y a su lado el viejo que lo había visitado aquella noche. No podía creerlo y exclamó al instante: “¡Francisco! ¿Francisco es tu papá?”.
“Si, ¿Lo conocés?”.
“Sí, claro. Vino al local hace un par de semanas. Nos quedamos charlando hasta tarde”.

La pareja cruzó miradas y luego la mujer respondió con un tono serio, casi apagado. “Creo que te equivocás. Debe haber sido otro Francisco”.
“No, es él -aseguró Pablo- Me acuerdo perfectamente. Hablamos hasta cualquier hora”.
El hombre abrazó a su esposa quien se mostraba claramente perturbada, y agregó: “No sabés lo que nos gustaría que eso fuera cierto. Mi suegro sufrió un accidente hace ya muchos años. No habla desde entonces. Vive con nosotros y jamás sale solo de casa. No sé con quién hablaste ese día, pero te aseguro que era otra persona”.

Pablo no entendía nada. Quería gritar que aquello era imposible. Pero evitó hacerlo para no incomodar más a esa gente. Se limitó a mirar a ese hombre, quién permanecía sentado e inmóvil, con los ojos perdidos. El auto arrancó, doblando en la primer esquina.

“Che, ¿te acerco?” se escuchó la voz de Ernesto devolviéndolo a la realidad.
“No, dejá. Prefiero caminar”.
“¿Estás seguro? Mirá el cielo. Se viene una tormenta de aquellas y son varias cuadras.”
Pablo contempló los nubarrones grises que iban tapando el cielo azul. “¿Qué se le va a hacer?, -agregó- me regaré con la lluvia nomas. Quien te dice que por ahí no me estiro un poco”.
Ernesto sonrió y miró a su amigo: “Me hacés reír… Sos igual a tu viejo”.

Pablo comenzó a andar pensando en esas palabras y sintió la sensación nuevamente en todo su cuerpo. Ya no era emoción ni vértigo. Era aquello que había sido grabado a fuego muy dentro suyo. Ahí estaban todos los recuerdos, esa magia, aquel sabor. Impregnando cada parte de su ser. Y tuvo por primera vez la certeza de que allí seguirían, por siempre.

“Your light eclipsed the moon tonight”
Electrolite – R.E.M. (New Adventures In Hi-Fi, 1996)