Perfección

El oficio le fue enseñado por un viejo artesano. Había aprendido los secretos de la orfebrería con una pasión cuasi ferviente y la meticulosidad de quien busca dominar la técnica al borde de lo imposible. Aquel fanatismo lo había llevado a extremos peligrosos en los que la autocrítica era lapidaria y cualquier imperfección, cualquier detalle, hacía de su obra un pedazo de basura. La búsqueda de la excelencia boicoteaba todo intento y toda creación. Día a día la exigencia era mayor y los detalles cada vez mas grandes. Se había transformado en su propio crítico ante el cual quedaba desamparado de todo perdón.
Muchos conocían sus problemas y aunque familiares y cercanos intentaban mostrarle lo bueno de sus creaciones, él solo veía los detalles, la imposibilidad ante la perfección absoluta.

Un día golpearon a su puerta. Un hombre vestido de gris se presentó como un posible comprador de algunas de sus obras. Luego de un rato largo charlando sobre arte, el visitante miró al artesano y le dijo:

“Yo puedo darte aquello que buscas. Puedo darte la perfección en tus obras”

El orfebre no creyó las palabras del extraño hombre. Pero aún así se animó a preguntar qué debería dar a cambio de tal favor.

“Si la perfección que buscas significa ‘todo’ para ti, pues bien… ‘todo’ es lo que quiero a cambio”

Ni bien el hombre se hubo marchado, aquel orfebre comenzó a modelar una nueva pieza. Al finalizar, sus ojos no podían creerlo. No había en ella imperfección alguna. Las curvas eran matemáticamente perfectas. Cada doblez, cada vértice era increíblemente bello. Sus manos habían creado por primera vez algo irreprochablemente hermoso.

Desde aquel día cada cosa que sus manos crearon, fue perfecta. No había nada infinitesimalmente equivocado. Y dicha majestuosidad le permitió hacer una, dos, diez, cientos de obras exactamente iguales. Podía replicar creaciones con la destreza de una máquina fabril. Sin fallas, cada una exactamente igual a la anterior.

Su virtuosismo lo hizo famoso. Fue conocido y buscado por grandes compradores de todo el mundo. Su fama lo llevo a todos los rincones del planeta.

El “artista perfecto” lo llamaron.

Los años pasaron y la vida también, hasta que una noche su puerta sonó como tantos años atrás. Al abrirla, aquel hombre de gris, exactamente igual al día en que se presentó por primera vez, le pedía permiso para entrar.

Le contó que era tiempo de que cumpliera la otra parte de la promesa. El artista miró sus obras en señal de despedida y luego de una prolongada pausa le preguntó: “De todas las cosas que he hecho en esta vida, todas perfectas, todas imposiblemente calculadas al mínimo detalle, hay una sola obra que no pude realizar de dicha forma, por favor dígame porque. La única creación en la que encontré imperfecciones, espacios incorrectos, medidas desproporcionadas, líneas no tan rectas y cientos de detalles mínimos, fue al hacer la cuna de mi hijo. ¿Porqué en esa obra en la que deposité quizás mas amor que en todas las demás, la perfección no me acompañó?”

El hombre lo miro fijo a los ojos y retrucó, “En realidad, es justamente al revés de cómo lo planteas”

El hombre de gris le explico que esa obra fue concebida para albergar a un niño, único e irrepetible. “Imperfecto quizás, bajo tus normas de diseño, esa obra fue la única que has hecho que nadie mas en el mundo podrá duplicar. Porque no está pensada solo en pos de formulas matemáticas y preconcepciones de forma y geometría. Es tal como todos los hombres y mujeres, simplemente única. Solo tu has hecho algo así. Todas las otras obras que hiciste en tu vida pueden ser perfectamente duplicadas, por el solo hecho de que son medibles, ponderables y matemáticamente reproducibles al detalle. Dime acaso si alguien podrá crear algo al igual que la obra de Picasso o Kandinsky. Alquien que podrá tocar igual que Coltrane o cantar como Piaf. Si evalúas sus obras verás imperfecciones de forma, pero en realidad son detalles únicos e irrepetibles, esas diferencias hacen de sus creaciones justamente eso, que sean suyas y de nadie mas”

El hombre quedó apesadumbrado y meditabundo. Había comprendido en ese instante que la perfección era otra cosa, estaba alejada de todo lo que había entendido y pensado acerca de ella. La perfección era lograr la individualidad en lo creativo.

Ambos se perdieron en la noche.

Preguntarán que apariencia tenía el hombre de gris, por si alguna vez se lo cruzan. Al contrario de lo esperable, éste hombre es igual a muchos, perfecto al detalle en la forma de verse y comportarse. Como cientos y miles de otros que andan por ahí.

“Have no fear of perfection, you’ll never reach it.”
“No temas a la perfecciòn, jamàs la alcanzarás”
Salvador Dalí

“Pleased to meet you, hope you guess my name.
But what’s puzzling you is the nature of my game”

“Encantado de conocerte, espero que adivines mi nombre.
Aunque lo que te desconcierte sea la naturaleza de mi juego”

Sympathy For The Devil – The Rolling Stones (Beggars Banquet, 1968)


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