Reencuentros

Recorriendo los días de nuestra vida se nos garantiza el poder elegir algunas paradas. Algunos lugares por los que uno quiere transitar de la misma forma en que se eligen las visitas cuando se está en un sitio que no se conoce. Es inevitable que eventualmente por suerte o por quien sabe qué motivos, tomemos un giro equivocado, doblemos cuando no debíamos y nos encontremos de tanto en tanto simple y llanamente perdidos. Y en esa suerte de viaje sin mapa vamos dejando huellas. Lugares, sensaciones, recuerdos que registran nuestro paso. Y nos sirven para poder retomar el camino, volver al sendero y llegar a la parada deseada. Como asi también vamos conociendo gente que en mas de una oportunidad nos muestra el camino a seguir.

¿A dónde vamos con todo esto? Bueno, Como la realidad siempre supera a cualquier analogía que uno tenga en mente, esa sensación de sentirse perdido se hizo carne donde la vida pasó a ser un vehículo y el camino fueron las calles de La Plata. Comprobé que doblar en una rotonda o aprovechar una diagonal que no se conoce muy bien de donde sale puede dejarlo a uno al otro lado de donde se pretendía. Perdido. Extraño en una tierra extraña. Sin saber por dónde seguir. Con los recuerdos de algun mapa visto y la ayuda de mis copilotos, Carolina y Pablo, eventualmente el camino se encontró y el viaje llego a una parada elegida, o en rigor tres. Tres noches donde los U2 se presentaban por tercera vez en mi país. Aquellos viejos conocidos en un sentido obviamente unilateral volvían con su música y su puesta en escena siempre más grande, siempre mejor siempre más impactante que la anterior.

Me imaginaba lo que iba a ver. En los días que corren la tecnología nos permite adelantarnos a estos encuentros y ver que iría pasando en esas noches. Hoy accedemos a modelos virtuales que resuelven la incógnita y le dan una nueva autenticidad a las ideas que tenemos en nuestra cabeza. Cada noche el encuentro fue igual de impactante. La propuesta visual de esta gira es abrumadora. Una suerte de garra o nave espacial emplazada en el campo del estadio, dejando una visión total de 360 grados y con una pantalla que permite a cada persona ver hasta el más mínimo detalle. Definitivamente no era lo que había visto en aquellos adelantos digitalizados, era más grande, más glamoroso, más surrealista, no era como esa autenticidad que vi en teles y monitores, era mejor, aún mejor que lo autentico. Resolví el misterio en cada noche: estas tecnologías nuevas indudablemente no tienen forma de activar contactos que tenemos entre la cabeza y el corazón, y eso es quizás, la belleza del arte.

Frente a ese monstruo de cuatro patas vi un recital donde debía aprender nuevamente como disfrutar de esos momentos. Porque el juego en si mismo era otro. Era parte de un viaje distinto dentro de aquel estadio y el camino era nuevo de cierta forma. Estaba perdido en la propuesta y en saber donde iría a parar. Una invitación multimedia que lo abarcaba todo. Había que saber que mirar, o mirar todo a la vez, ser parte de esa fiesta y dejar que la música nos abrace. Asombrado por tal despliegue estaba una vez más, perdido entre la imagen, el sonido y esas cuatro personas.

Sin embargo empezaron a mostrarse uno a otro, detalles de aquella música. Recuerdos imborrables, rasguidos que vibraban hasta sacarle polvo al pecho y lo que vamos guardando en los anaqueles mentales. Estaban allí las melodías que me dejan con la boca abierta cada vez que las escucho. Estaban aquellos gestos, aquellos gritos. Estaba la actitud de una banda única a la que había invitado en mi vida a ser parte de la huella que va dejando en cada lado. Y esas cosas que aparecían me mostraban el camino por donde alguna vez fui y las paradas por donde pase. Rasgando la superficie y sacando la grandilocuente puesta en escena estaban los mismos tipos, las mismas canciones la misma magia. Y allí estaba junto a mi compañera de viaje o con mi hermano con tantos abriles compartidos, reencontrándome en el camino, reconociendo las señales, las rotondas y las diagonales. Recordando paradas, saboreando el viaje.

¿Que magia puede darnos una forma de arte? ¿Que nos puede transmitir un sonido, una imagen, una idea? Quizás nos sirva para aventurarnos a seguir transitando con la misma fuerza que alguna vez tuvimos, con la misma sensación de estar vivos, con las ganas, los miedos y las certezas de que sin importar en que calle estamos o en cual doblar, podamos reconocer el sendero nuevamente recordando por donde queremos seguir, siguiendo las direcciones que viviran alli siempre, el camino, nuestro camino, un lugar donde las calles … no tienen nombre.

“I’ll show you a place,
high on a desert plain,
where the streets have no name”

Te mostraré un lugar,
en lo alto de una planicie desierta,
donde las calles no tienen nombre


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