Refugio

“Te veo en Tulímedes” le dijo la última vez que lo vio, y se perdió entre la gente. Por suerte Nahuel sabía cuidar sus esperanzas. Él contaba con la virtud de anteponer los sueños al peso de la rutina, y siempre encontraba el mínimo resquicio donde drenar sus fantasías para empaparlo todo. Creía que así ganaba en probabilidades, perdiendo imposibles.

Aquél sitio era un juego. Un espacio inexistente. El nombre de un refugio imaginario a salvo de todo. Silvia jugaba con ese nombre, desde chica. La primera vez que se lo dijo a Nahuel fue entre lágrimas: “Que ganas de largar todo y escaparme a Tulímedes” Aquella fue también, la primera vez que Nahuel la abrazó. Que la abrazó de verdad, recorriendo el universo mismo con sus brazos. Ella era como un fuego en medio del agua. Una nota disonante que invitaba a escuchar al mundo de manera distinta. Irradió en él un magnetismo que le sacudió sus más firmes cimientos y lo dejó a merced, en caída libre, atajando sus más profundas pasiones con un cuerpo desnudo. El aprendió a quererla desde los mates casuales, hasta el bretel desgastado de ese corpiño negro. Ella abrió en su mente ventanas que nunca volverían a cerrarse. Sus encuentros deambularon entre calles, bares y sábanas; y de a poco fueron jugando a bosquejar un futuro compartido y utópico.

Pero luego de esa última vez, Silvia nunca más apareció. La gente apuró verdades imprecisas sobre su ausencia que Nahuel prefirió no escuchar, limitándose solo a esperarla y recordarla. Grabó aquella imagen final en su mente, como una instantánea algo gastada por el tiempo. Ella girando sobre el hombro derecho para mirarlo. Un viaje a Europa que la vio partir sin retorno, comentaron algunos por lo bajo. Ella con el sol, acariciándole la cara. Un accidente con el auto, susurraron otros. Ella con su sonrisa disimulada, los cabellos al viento. Que andaba cruzando la plaza principal dijeron en el mercado. Ella y esos ojos destinados a permanecer por siempre en su memoria.

El tiempo fue acumulando ayeres y Nahuel siguió como pudo con su vida. Anduvo de oficio en oficio, juntando peso sobre peso hasta comprar un viejo local. Trabajó día y noche para ponerlo en condiciones. Un lugar chico pero cálido. Un espacio para darle reparo a quién quisiera escaparse por un rato.

Hace poco más de un mes, abrió sus puertas. Allí atiende a Ernesto, el tachero que llega alrededor de las diez, comentando siempre e inevitablemente, el estado del tiempo. A Luisa y Roberto, la pareja que desayuna antes de que cada uno se vaya para su trabajo. A Nieves, la de los anteojos grandes color carmesí, que los lunes y jueves lee siempre diez hojas de un libro y pide un té con tostadas. Y a cientos de eventuales que de a poco se van haciendo caras conocidas. Él los recibe a todos, en ese sitio sin lugar, desterrado de cualquier mapa. Un espacio a salvo del universo, una guarida. Y un lugar donde él espera que quizás un día, la promesa se cumpla y la que entre por esa puerta sea ella.

Mientras tanto todas las mañanas Nahuel llega caminando hasta allí. Enciende un cigarrillo y repite: “Café Tulímedes”, leyendo la marquesina de colores vivos. Luego fuma y aguarda, evocando ese rostro bañado por el sol y esos ojos que lo acompañan en silencio.

Clementine: Bye Joel.
Joel: I love you.
Clementine: Meet me in Montauk…”

Eternal Sunshine Of A Spotless Mind – Michel Gondry (2004)

“Try imagining a place where it’s always safe and warm.
Come in, she said I’ll give you, shelter from the storm”

Shelter From The Storm – Bob Dylan (Blood On The Tracks, 1975)