Reversa

Me lo dijo el pelado Ortiz: “Si hacés que el disco gire para el otro lado, escuchás cosas”. Yo tenía ese vinilo y recordando algunas ideas básicas me iba a resultar fácil hacer unos ajustes al reproductor, así que me puse manos a la obra.

Lo primero fue desarmar la caja del aparato: cuatro tornillos y dos a los costados. Mientras lo hacía me acordé de electromecánica aplicada, en el último año del colegio secundario, y al profesor Méndez diciendo “¡Si no lo van a hacer prolijo no lo hagan, manga de vagos!”. El tipo operaba como en un quirófano. Con las herramientas prolijamente alineadas y una precisión que hubiese emocionado al mismísimo Da Vinci; un hinchapelotas hermoso.

Saqué la tapa y encontré la placa con todos los componentes y una madeja de cables. Lo que tenía que hacer era colocar algo que cambiara la polaridad del motor, para que diera vueltas hacia el otro lado. Busqué la pinza y me puse a cortar. La voz de mi viejo se hizo presente en ese cuarto solitario: “Dejá siempre un poco de cable largo, para manejarlo más fácil” me aconsejaba cada vez que nos poníamos a arreglar la cortadora de pasto en el fondo de casa, entre mates y charlas.

Después de conectar, me puse a soldar con estaño, para que quedara más prolijo (¡Salud Don Méndez!). Ahí a mi izquierda, apareció la figura de Emilia y el recuerdo del día que yo estaba con la mano vendada por habérmela quemado con el soldador. Me había servido para sacarle charla. Yo hacía alarde de mi herida que no era nada. Y ella “¡Uh!, ¿Y te duele mucho?” Y yo “Si, no sabes cómo, lléname de besos que se me pasa” pero claro, eso lo pensaba y me mordía la lengua de la vergüenza. Me bastaba con mirarla, Ahí en el pupitre con los últimos rayos de la tarde que le acariciaban el pelo y esa sonrisa eterna.

Finalmente acomodé y cerré todo: tres tornillos, dos a los costados. Luego saqué el disco de su envoltorio: “Agarrálo firme y siempre del borde, nunca pongas los dedos sobre la pista me enseñaba mi tío, cuando yo tenía cinco años y el hueco del combinado guardaba aquellos tesoros circulares. Prendí el equipo y la bandeja comenzó a girar. Moví el interruptor recién instalado y al instante el plato siguió dando vueltas en la dirección contraria. Un éxito. Me sentía MacGyver. Lo último fue bajar el brazo, acomodar la púa y acercar el oído para prestar atención.
… Que lo parió, el pelado tenía razón; yendo hacia atrás se escuchan voces.

“Maybe somewhere down the road away
you’ll think of me, wonder where I am these days.
Maybe somewhere down the road when somebody plays
Purple haze

End Of The Line – Traveling Wilburys (Traveling Wilburys Vol. 1, 1988)


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