Sonámbulo

En la sala de espera no había ninguna distracción mas que unas revistas viejas sobre la mesa. Allí Elías Álvarez aguardaba por el doctor García. Le habría gustado que fueran historietas. Le encantaba leerlas, pero dejó de hacerlo aquella Navidad, cuando frente a toda la familia su padre dijo que “eso era cosa de chicos y a ver cuando él empezaba a comportarse como un hombre”. En esa sala aguardaba a ser llamado mientras escuchaba la conversación de la secretaria al teléfono. “Y lo miré a los ojos y le dije que diga la verdad. Y no me dijo nada, así que seguro que fue él”. Escuchaba y se recordaba a él de chico, sentado en su cama. Con su madre interrogándolo: “¡Elías, mira que me quedo acá hasta que me digas cómo rompíste la imagen de la Santa Virgen!”. Hasta la podía ver haciéndose la señal de la cruz.

De pronto la voz del doctor se escuchó desde su consultorio: “Adelante Álvarez”. Elías se levantó cansado como de costumbre y entró. Le contó al doctor que seguía con los episodios. Que cada vez eran mas frecuentes y extraños. Que estaba realmente asustado. Comenzaba a despertarse en otros lugares de su casa e inclusive encontraba cosas fuera de su sitio. Ya no era un simple sonámbulo que podía caminar unos metros y retornar a su cama. Todo se estaba volviendo muy raro. El doctor lo escuchó como de costumbre y sentenció las mismas palabras. Aquellas que Elías ya conocía de memoria y no hacían mas que rellenar ese espacio, donde él buscaba respuestas una y otra vez. Allí había recorrido en largas horas todos los momentos de su vida. Se había contado al detalle. La historia de su familia. Los primeros años con pocos amigos, su tímida adolescencia. El amor que nunca le confesó a Emilia y el desamor que solo tuvo de ahí en mas. Su eterna soledad. Su trabajo esclavo en ese banco con un jefe déspota que lo oprimía y le negaba todas las oportunidades. Todos los detalles de su monocromática vida desfilaron en esa sala. Y en cada caso tenían el cierre típico: “Ya es la hora Elías. ¿Seguimos la próxima?”

Los días pasaban y él despertaba siempre en un lugar distinto. Un día sobre la mesa de la cocina. Otro en el sillón frente a la ventana y hasta hecho un ovillo en el piso del baño. Con cajones abiertos, ropa revuelta y papeles desparramados. Era como si a la noche alguien entrara en su casa y lo revolviera todo. A la mañana se incorporaba y antes de ir a trabajar volvía a ordenar cada cosa, prestando atención y tratando de rearmar una historia imposible. Estaba cansado. Agotado. Le dolía el cuerpo. Se sentía adormecido todo el día, en un letargo constante. Esa alteración del sueño lo estaba destruyendo lentamente.

Un Martes al llegar a la oficina todos lo miraron de forma extraña y antes de poder sentarse en su escritorio lo mandaron a llamar de recursos humanos. Allí le comunicaron que estaba despedido con causa, luego de los hechos recientes. “¿Qué hechos? ¿A qué se refiere?” preguntó él. Irene, jefa del departamento, lo miró y hasta con un dejo de sorpresa le replicó: “¿Le parece poco lo que hizo? Mandar un mail a toda la empresa hablando pestes del jefe es un boleto directo a irse por la puerta de entrada, ¿no cree?”. Elías no entendía nada. Vio con sus propios ojos aquel correo en pantalla. Enviado a las tres de la madrugada desde su dirección y dirigido a esa cuenta de notificaciones generales. Aquella que usaban para los anuncios de cumpleaños o de nacimientos por ejemplo y que le llegaban a cada integrante de ese banco. Pero que no debía usarse nunca para algo como eso. Claramente él no había mandado ese mail, pero ¿como estar seguro? Si compartía el cuerpo con alguien que por las noches hacía y deshacía a su antojo. ¿Como saber si no había sido él finalmente?. Tomó sus cosas y volvió a su casa. Estaba abrumado por lo ocurrido. Su vida se estaba desmoronando. Había perdiendo el control de sus acciones.

Pensó en qué hacer y como seguir. Fue a verlo a Miguel, su amigo de siempre con el que compartían charlas y mates. Elías odiaba los mates dulces de Miguel, pero nunca se lo había confesado por no molestarlo. Tomaba unos cuantos y cuando el sabor le producía un rechazo en la boca siempre le decía que gracias, que estaba satisfecho. Aquel día Miguel no supo que aconsejarle, pero le dijo que estaba ahí para lo que necesitara.

Decidió volver al banco y pedirle disculpas a su jefe. Pensó en contarle la verdad por mas rara que sonara. Necesitaba el trabajo. No podía darse el lujo de no tenerlo. Así que al otro día volvió y pidió hablar con él. Lo esperó casi tres horas. Hasta que la secretaria lo hizo pasar. Una vez dentro lo invitó a tomar asiento y del otro lado del escritorio el señor Gutierrez le dijo que “ojala tuviera algo interesante para decirle, luego de las barbaridades que había escrito de su persona”. Elías estaba nervioso y cansado. No podía pensar claramente. Titubeaba. Sintió que se desmayaba por un instante.

“- Vamos Álvarez, hágala corta. Dígame a que vino”. Elías pensaba a en lo ocurrido, en qué decirle y cómo hacerlo. Buscaba las palabras.
“- Apúrese hombre”.
Y a lo lejos, la imagen de su madre. “- Me quedo acá hasta que me digas como se rompió la Virgen”
“- ¿Que le pasa Álvarez? ¿Va a hablar o me esta tomando el pelo?”
“- Hablá hijo. ¿Fuiste vos no?” Las manos le transpiraban y no sentía sus piernas.
“- ¡Hable de una vez hombre, deje de hacerme perder el tiempo!”
“- ¡Rompiste la Virgen! ¡Sé que fuiste vos!”

Elías finalmente habló. “Señor Gutierrez, lo que quería decirle es que usted es un reverendo hijo de puta. Y que puede meterse su banco y todos los empleados bien en el ojete. Le agradezco por su tiempo. Que tenga buenas tardes”, se levantó y se marchó. Gutierrez quedo sentado, sin poder salir de su asombro. Para cuando reaccionó Elías estaba fuera del edificio.

En la calle lo llamó al doctor García. Le dijo a su secretaria que no iba a estar yendo por un tiempo. Que no sabia cuanto y que gracias por todo. En el camino pasó por la casa de Emilia. Sabía donde vivía. Nunca había abandonado el barrio después de todos esos años. Llamó a su puerta y la esperó. Ella lo reconoció al verlo. A Elías aquél detalle lo puso contento. Le dijo que quería saber si podía invitarla a tomar algo, que tenia ganas de hablar con ella luego de tantos años. Quedaron para el sábado siguiente.

Al otro día fue a verla a su madre. Quería que supiera que la imagen de la virgen no la había roto él. Que había sido el hijo del vecino por descuido. Que en su momento no dijo nada porque creyó que igual nadie le creería y que a decir verdad ella había hecho bastante quilombo por una imagen de porquería. Su madre se persignó nuevamente. “De porquería” repitió una vez mas, abrazándola.

Hoy Elías trabaja en el puesto de diarios cerca de la estación. Eso le permite leer las historietas cada vez que llegan. Tuvo que mudarse a un lugar mas chico y vender el auto. Dejó de pagar el cable porque ahora la plata no le alcanza para todo. De tanto en tanto se encuentra con Emilia. Ya le dijo lo mucho que la amaba, de hecho lo hizo en el primer encuentro. Y ella siguió aceptando sus invitaciones. Los jueves siempre pasa por lo de Miguel. En cada ocasión su amigo saca los dos mates. El de siempre y otro que Elías le regaló para que le cebara a él los amargos. Ambos aseguran que esos momentos siguen siendo compartidos, porque después de todo el agua sale del mismo termo.

Así pasa las mañanas y las tardes desde entonces. Del resto del día no hay mucho mas para contar.
Y por las noches duerme… Como hace años no dormía.

“There is another world.
There is a better world.
Well, there must be.”

Asleep – The Smiths (Louder Than Bombs, 1987)