Sonido

Cuando cursaba el último año de la carrera, tuve como profesor al ingeniero Brizzi. Si bien tenía a su cargo la cátedra de circuitos aplicados, su pasión era el sonido y había estudiado sobre el tema por más de treinta años. No resultaba difícil entablar con él largas charlas, bastaba mencionarle alguna teoría o algún problema relacionado a las ondas sonoras. Fue así, cuando me contó sobre la matemática acústica y me reveló que muchos arquitectos habían hecho construcciones que lograban reflejar un modelo preciso, en el cual los sonidos podían adoptar un comportamiento singular. En dichas construcciones, por lo tanto, era posible experimentar sensaciones auditivas imposibles de percibir en cualquier otro ámbito. Me dijo que muchos fueron los que, motivados por la relación entre matemática y armonía, hicieron hincapié en éstos conceptos para la construcción de sus obras, tratando de encontrar aquél equilibrio perfecto.

Brizzi logró apasionarme en el tema. Y fue así que comencé a indagar sobre estos emplazamientos o construcciones. Él fue reticente a mencionar si conocía alguno, pero un buen día antes de partir a España me reveló en un café que sabía de un sitio, que no debía revelarlo a nadie y debía ser prudente con el uso que le diera. No logré entender a qué se refería con lo del uso que yo podía darle a un sitio así, sin embargo le prometí que podía confiar en mí. Así fue como me confesó que los arquitectos de la “Compañía de Construcciones Civiles” que tuvieron como obra a su cargo a la Facultad de Derecho de Buenos Aires, lograron aplicar éstas nociones auditivas en la construcción del hall central, conocido como “Salón de los Pasos Perdidos”. Desde hace mucho -me dijo- existe una teoría que afirma que las treinta y dos columnas internas funcionan como un arpa monumental donde puede percibirse, si uno se encuentra en algún “punto de equilibrio”, un retorno auditivo notable. Dichos puntos son lugares de la sala donde una persona puede pronunciar algo y escuchar una suerte de eco del sonido alterado, luego de haber circulado por aquel recinto.

Aquello generaba en mí una ansiedad imposible de describir. Quería salir corriendo hacia allá. Sin embargo el ingeniero apaciguó mi alegría confesándome que él había ido varias veces tratando de encontrar aquellos espacios sin poder lograrlo. Me contó que en sus investigaciones dio con ésta historia e inclusive logró obtener planos del proyecto original del hall. Aplicó sobre ellos todo fundamento matemático que conocía sin éxito y finalmente terminó por abandonar la búsqueda.

Luego de su partida, fui varias veces allí. Comencé a recorrer todo el salón minuciosamente tratando de emitir sonidos que fueran lo suficientemente representativos para mis experimentos y a la vez no me hicieran quedar como un completo desquiciado ante los eventuales transeúntes. Inclusive comencé a alternar los horarios en los que concurría para no encontrarme con los mismos alumnos y profesores, por vergüenza y para evitar una posible excusa inventada sobre mis visitas.

Varios meses pasaron sin que pudiera experimentar algo certero, al punto que pensé dejar todo en el olvido. Pero un mediodía, quedé solo, junto a una de las dos colosales estatuas emplazadas en cada extremo del salón, las cuales según había leído, representaban la Libertad y la Justicia. Estaba junto a una de ellas mirando en dirección a su imponente rostro cuando atribulado le dije a ese eterno coloso de piedra casi sin querer y en voz alta: “¿Existen acaso?” pensando en los malditos lugares de Brizzi. Al instante escuché sin lugar a confusión que una voz me respondía “¿Qué lugares?”. Me di vuelta para ver quien me hablaba, pero para mi asombro no hallé persona alguna. Luego miré en otras direcciones, pero nadie estaba cerca mío. Pensé que había sido un delirio motivado por las ganas de poder oír algo que me acercara a mi utopía. Reí de lo absurdo sobre mi situación y respondí casi por descaro “¡Los lugares donde poder percibir aquello que nadie percibe!”. Y aterrado escuché las palabras “¿Quién es usted y de donde me habla?”.

Aquel fue el inicio de una inquietante charla. Tardé poco en descubrir que había alguien o algo que respondía a mis comentarios; pero para mi asombro, aquello se encontraba tan asustado de mis palabras como yo de las suyas. Ante mi inquietud me moví sin querer y al hacerlo no hallé más respuestas, era solo parándome en aquel sitio y mirando ese rostro donde podía lograr el contacto. Contacto que superaba todo lo que Brizzi me había explicado. Él había hablado de una alteración sonora, pero eso era más aún. Una voz de mujer. Alguien que escuchaba y respondía.

Volví a hablarle, contando todo lo ocurrido; quién era yo y porque estaba ahí. Ella me dijo que también se encontraba en el hall y me había buscado hasta darse cuenta que solo en ese sitio, podía oírme. Le pregunté dónde estaba parada y perplejo quedé al escuchar que se hallaba también en una esquina, pero justo al otro lado del hall, mirando al rostro del otro monumento. Luego de decir esto agregó que debía marcharse. Había miedo en su voz y finalmente, el silencio absoluto.

Seguí yendo día tras día. Mi curiosidad se había transformado en algo que me consumía. No podía pensar en otra cosa. Había experimentado algo único. Pero los días pasaban y nadie contestaba a mi llamado. Intenté contactar a Brizzi. Cuando pude hablar con él se quedó callado un rato largo y luego me dijo que mi experiencia arrojaba luz sobre algunos datos que él tenía. Que si bien parecían descabellados mantenían cierta relación con mi experiencia. Me iba a mandar un correo con unos documentos sobre Roberto Capurro y Carlos de la Cárcova, los escultores de esos monumentos. Me dijo que los leyera, que allí me iba a explicar un poco más.

A los días recibí lo prometido: copias de viejas notas publicadas entre 1953 y 1958 donde los escultores confesaban que la idea de los monumentos era previa a su emplazamiento en dicho hall. Que en su concepción original simbolizaban el pasado y el futuro, dos figuras enfrentadas en un espacio extenso que debía representar el tiempo transcurrido entre ambas. Decían en esas entrevistas que ante la convocatoria para crear esculturas que sean parte del edificio, decidieron usarlas. Que el lugar era perfecto, y que luego reformularon la idea, presentándolas como la Justicia y la Libertad; más adecuadas para aquél contexto. También adjuntó en su envío, notas suyas relacionando a éstos artistas con los arquitectos de la obra. Eventos previos a la construcción de la facultad donde participaron en forma conjunta en charlas sobre física de los sonidos y matemáticas expuestas en el campo de lo real. Me resultaba increíble toda esa información, pero jamás hubiera imaginado que el producto final de ésta asociación diera como resultado lo que yo había experimentado. Debía volver a oírla. Debía saber que no estaba loco.

Y seguí yendo en el mismo horario día tras día.
Y fue así que un catorce de Julio la volví a oír.

Me dijo que estaba asustada, que creía que estaba loca, pero que ella también, tal como yo, volvió al mismo lugar en el mismo horario para encontrarme. Le dije que no se inquietara por mi pregunta, pero que necesitaba saber algo. Le pedí por favor que me dijera la fecha del día. Me dijo que era catorce de Julio, pero dieciséis años atrás. De alguna forma aquel lugar, esa estructura matemáticamente perfecta, me permitía comunicarme con alguien que se encontraba en un lugar preciso al otro lado del hall, a diecisdeis años de distancia.

El asombro, mezcla de miedo, exaltación y sorpresa, nos unió a ambos de una forma extraña y comenzamos a hablar en reiteradas ocasiones. Combinábamos cuando hacerlo. Y hablábamos como si lo hiciéramos por una línea telefónica imaginaria que nos conectaba. Descubrimos que podíamos escucharnos, aunque las palabras las pronunciáramos casi en un murmullo. Hablamos de quienes éramos nosotros, de algunas cosas que iban a pasar en el mundo en los años que ante ella se presentarían, los mismos que yo ya había dejado atrás. Charlamos sobre esa experiencia extraña, de si contarlo a alguien más o no. Yo recordé que le había dado mi palabra al ingeniero y preferimos callarlo.

Un día, en el medio de una de nuestras conversaciones, dejé de escucharla. Pasó algo extraño. Una palabra que ella dijo y que se cortó en seco. Como si alguien hubiese pateado un cable y desconectado algo. No volví a oír su voz. La llamé primero con sorpresa, pero luego con temor. Por primera vez sentí el miedo de que ese nexo, ese vínculo, se hubiera terminado para siempre. Lo irónico es que poco me importaba haber perdido la posibilidad de esa unión temporal con todo lo que implicaba. Lo que realmente me aterrorizaba era perder la otra unión, la nuestra. Y no volver a escucharla nunca más. Al cabo de unos minutos desistí y supe de alguna forma que era inútil. Lo único que oía eran las palabras que abandonaban mi boca y por lo demás, solo el murmullo de algunos.

Comencé a caminar hacia una de las puertas del hall y en la mitad del largo pasillo me detuve, miré a las estatuas una vez más. Conté las treinta y dos columnas una por una. Dieciséis años de un lado y dieciséis columnas del otro. De izquierda al pasado y de derecha al futuro. Aquel lugar y ese secreto. Miles de ecuaciones puestas en juego entre formas de onda, armónicos, resistencias estructurales y forma. Y dos guardianes del tiempo que callaban la verdad de como todo eso funcionaba. Una maravilla que habría hecho hablar a todo el mundo científico. Una obra única que redefinía el juego y abría una puerta hacia otra concepción del espacio y el tiempo. Pero yo lo único que quería, era oírla nuevamente.

Mi propio nombre fue lo que quebró el silencio de los pensamientos en los que me encontraba hundido. Mi propio nombre y con el sonido de su voz. Me di vuelta lentamente y la vi. No hay ciencia que explique el porqué era como yo la había imaginado. Estaba allí parada frente a mí, aguardando.
“¡Sos vos!” fue lo único que atiné a decir, con la voz quebrada por la sorpresa.
“Sé que tuve años para prepararme, pero el tránsito de Buenos Aires atenta contra todo plan, llegué corriendo, lo más rápido que pude”

Brizzi se quedó en España y solo hablamos del tema en un par de ocasiones. De lo vivido a nadie le contamos ni una palabra. De vez en cuando pasamos por ese sitio, pero nunca más probamos el poder comunicarnos con alguien o hasta con una posible versión de nosotros mismos en el futuro. Simplemente nos quedamos en la mitad del hall, sentados en las escaleras, charlando sobre el presente. Y escuchamos los pasos de la gente, que van y vienen. Esos pasos que quizás no se pierden, quizás simplemente se van a otro tiempo.

“We are here and then we go.
My shadow left me long ago”

Pendulum – Pearl Jam (Lightning Bolt, 2013)