Veintiséis

Los viernes alrededor de las cuatro de la tarde, Daniel toma un turno en un hotel alojamiento. Lo reserva de antemano, quiere siempre la misma habitación. El que atiende es Ernesto. “A la misma hora señor Daniel. Sí señor, la veintiséis como siempre, quédese tranquilo que ya queda reservada”. Él es categórico con el pedido. Si no es la veintiséis, esa del segundo piso, pasillo al fondo, no quiere saber nada. Si no es esa lo deja para la semana siguiente.

Daniel siempre fue un tipo más, como cualquiera, pero Ernesto se moría por preguntarle. Claro que la política del lugar es no meterse en la vida de la gente. “¡Mira si justo vos, empleado de un telo, le vas a andar preguntando esas cosas a un cliente Ernesto!” le reprochaba su mujer. Así que Ernesto seguía atendiendo, cobrando y rumiando dudas. Y no era la apariencia de Daniel lo que le llamaba la atención. Él es un tipo promedio, alguien que se pierde fácilmente en el montón. Hasta la forma de vestir es igual a la de todos. Tampoco eran sus modales, porque rara vez él atiende a alguien más amable que Daniel. Saluda siempre, al entrar y al irse, y es generoso con la propina.

No, no había nada en Daniel que generara alguna duda. Pero es lo que Daniel no tiene, lo que a Ernesto le hacía ruido. Un buen día no se aguantó más y escupió la pregunta: “Disculpe señor. Yo no debería ¿sabe? Pero, es que la verdad… Yo acá he visto de todo. Hombres y mujeres, parejas del mismo sexo, han entrado de a tres, de a cuatro y de alguno que otro más también. Pero de todos, usted es el único que siempre viene solo. ¿Le puedo preguntar por qué?”

Daniel sonrió y le hizo un ademán, “Venga, acompáñeme que le muestro”
El otro negó la invitación. Jamás había acompañado a alguien a un cuarto en quince años de trabajo y no iba a empezar ahora. Pero éste insistió: “Vamos hombre, dele que ya empieza” Ernesto suspiró y empezó a caminar detrás de él, persignándose sin que lo viera. Un poco por costumbre y otro poco por las dudas.

Al llegar a la habitación Daniel se sacó el abrigo y los zapatos. Ernesto pensó en huir sin miramientos mientras que el recuerdo de su madre le hablaba en su cabeza: “Ernestito, ¡para qué te metes donde no te llaman!”. Sin embargo, respiró al ver que Daniel, sacando una petaca de whisky del maletín que llevaba, tomó asiento y lo invitó a hacer lo mismo.

Los dos quedaron enfrentados a la ventana. Daniel en el sillón de pana y Ernesto al borde de la cama. El primero con cara de expectativa y el otro con expresión perdida. A los pocos segundos, que parecieron eternos, Ernesto cortó el incómodo silenció y anunció su partida: “Bueno don, me vuelvo al trabajo. Lo dejo con… su whisky y con lo que sea que usted haga acá adentro” Pero Daniel lo interrumpió “Shhh, cállese hombre y escuche”

Ernesto aguardó. Las bocinas sonaban a lo lejos. El ruido de la ciudad se descomponía en gritos, pasos y charlas, fundiéndose en un murmullo que lo habitaba todo, hasta hacerse casi imperceptible. Finalmente, aquello se escuchó. Era una guitarra impregnando el aire de melodías. Un sonido que crecía a medida que ambos prestaban más y más atención. Daniel sonrió y sus ojos se llenaron de encanto. Luego explicó: “Practica todos los viernes a ésta hora, debe estar por acá cerca. En el edificio de enfrente quizás. Desde las habitaciones de al lado ya no se escucha, solo desde ésta. Por ahí el sonido viene de la salita al lado de aquél patio allá abajo, ¿ve?”-le dijo señalando con el dedo índice- “Quién sabe…”

Ambos quedaron en silencio, escuchando. Cuando la música concluyó Ernesto lo miró a Daniel y observó que había lágrimas en su rostro. “¿Está usted bien don?” le preguntó. Daniel hizo un gesto con el pulgar y comenzó a ponerse los zapatos nuevamente.

Caminando al ascensor por el largo pasillo Ernesto le ofreció buscar en la zona. “Quizás haya una escuela de música, o un profesor particular. Puedo averiguarle. ¿No le gustaría saber quién toca? Digo, ¡después de tanto tiempo que le presta el oído!” Daniel negó con la cabeza. “¿Y romper el hechizo? No hombre. Deje así. Usted resérveme los viernes a las cuatro, con eso es suficiente” Y se marchó por la calle hacia la boca del subte.

Al llegar a la esquina, esperando que cambie el semáforo una mujer se detuvo a su lado y le preguntó: “Disculpe, ¿sabe donde queda la parada del 139?” Daniel le dijo que si, que tenía que caminar una cuadra más hacia la izquierda. Que estaba justo al lado del puesto de flores. La chica agradeció y se marchó. Al irse, Daniel no reparó en ella. En su pelo largo, su saco beige, pantalones de jean y zapatillas negras. Ni tampoco en la guitarra que llevaba descansando en su mano derecha.

“The music there it was hauntingly familiar
Well I see you doing what I try to do for me
With the words from a poet and a voice from a choir
And a melody, nothing else mattered”

Edge Of Seventeen – Stevie Nicks (Bella Donna, 1981)