Vino

Sergio llegó al bar de Don Uriarte buscando a su dueño. Según le habían dicho, aquél era un gran conocedor de la zona y un referente para quién buscara algo singular por los viñedos Mendocinos. “¿Y a usted porqué le gusta el vino?” encaró Uriarte, que nunca regalaba su conocimiento sin una charla previa. La respuesta de Sergio lo sorprendió. Éste le dijo que era un hábito que había adquirido por su padre. Que saborear un buen vino le permitía reencontrarse con aquellos momentos en que compartían largas charlas, entre uvas y botellas. Uriarte le dijo que conocía una pequeña bodega cerca de allí. Una de excelentes viñedos. Le dio referencias de cómo llegar y lo saludó dejando en claro que la ginebra que habían compartido, era regalo de la casa.

Esa misma tarde Sergio partió en su búsqueda, pero no le fue fácil dar con el lugar. No era una bodega grande, sino todo lo contrario. De hecho de afuera no se parecía a una. Hasta pensó que quizás había dejado de funcionar tiempo atrás. Sin embargo se animó a llamar, parado en la tranquera. Un hombre mayor enfundado bajo un gran poncho y una boina se asomó por una ventana y le hizo señas para que entre. Sergio se abrió paso y avanzó hasta la puerta de la casa.

“Buen día, vengo de parte de Uriarte, él me dijo…”
“Si, si. Pase nomás. Sea bienvenido a mi humilde bodega. Mi nombre es Virgilio”
. Sergio entró tras los pasos del hombre y luego de cruzar un patio interno coronado por un gran ombú, se adentró en una sala con una mesa redonda y algunas sillas. Allí Virgilio lo invitó a sentarse y luego abrió el dialogo: “Me dijo Uriarte que usted ha comprendido el sentido de comunión que guarda el vino, ¿no es así?”
Sergio, algo desorientado vaciló: “No se exactamente a que se refiere, yo simplemente…” Virgilio interrumpió una vez mas. “Si, si. Ya se, ya se. Pero usted comprende que ése disfrute que usted dice, guarda un encanto en si mismo. Es importante que sea consiente de eso, no muchas personas se dan cuenta. Hay cosas que nos permiten volver a saborear esos recuerdos, esos momentos de felicidad que hemos vivido. Lo transportan a uno. Como el arte, solo que en éste caso, la puerta de entrada es el paladar” Sergio no dijo nada, solo se atrevió a mostrar una leve sonrisa. Virgilio prosiguió. “Mire, le hago una pregunta: ¿qué me dice si le aseguro que yo le puedo ofrecer aquel sabor que sintió la primera vez que probó un vino con su padre? Es mas… y sepa disculpar pero en el fondo no soy mas que un simple comerciante, ¿qué precio estaría dispuesto a pagar para volver a disfrutar esa sensación?”
Sergio se sintió incomodo, pero también intrigado. Quería saber a donde lo llevaría toda esa extraña charla. Así que contestó: “No se, dígame usted. ¿Cual sería un precio justo?”
“¿Un año de su vida?”
, respondió el viejo.
“¿Perdón?”
“Un año de su vida. A la cantidad de años que le queden por vivir, réstele uno. Un año completo. ¿Lo pagaría?”

Sergio se rió, esta vez con una carcajada. Y siguió el juego de aquel hombre: “A ver, digamos que si. ¿Qué tan bueno sería?”

Virgilio le preguntó a Sergio en que año probó el vino por primera vez con su padre y éste respondió al instante. Luego el viejo se ausentó por un momento y volvió con una botella, dos copas y un sacacorchos. “La tiene que destapar usted y hacerlo con fuerza, tiene que trabajar por ese encuentro. Este vino es una cápsula del tiempo. Está aguardando desde ese año a que usted lo beba”. Sergio miró la botella. Tenía el año escrito a mano alzada sobre una etiqueta muy deteriorada. A lo que Virgilio agregó: “Disculpe, pero el marketing no es lo mío. Suficiente con ese chiste de la sangre de Cristo, ¿no le parece?”
Sergio comenzó a abrir la botella y Virgilio se retiró a otra habitación. “Arranque nomas, nos vemos en un rato” le dijo al irse. El sonido del corcho retumbó en las paredes de la casa. Sergio olió el vino desde la botella misma y su fragancia le recorrió todos los sentidos, transportándolo a otro lugar y a otro tiempo. Al levantar la vista no pudo dar crédito a lo que estaba observando.

Delante de él con su postura erguida y su mirada cansina estaba su padre. Sergio estuvo a punto de tirar la botella del asombro. Apenas logró apoyarla sobre la mesa, las piernas le temblaban. Estiró los brazos y se abrazaron. Luego su padre lo miró y le dijo: “Dale serví el vino. Hay mucho de qué hablar”. Juntos compartieron esa botella, recordando momentos, entre risas y llantos. Hasta servir la ultima vuelta. Brindaron por lo vivido y por el reencuentro. En el último trago Sergio saboreó las últimas gotas cerrando los ojos como un acto reflejo para disfrutar más aún de aquél sabor. Bajó la copa y al abrir los ojos, su padre ya no estaba.
Virgilio volvió al rato. Sergio intento preguntarle que era lo que había pasado en esa habitación, pero el viejo solo le dijo que ese momento no formaba parte del pasado ni del presente. Que había sido una burbuja suspendida en el tiempo, encerrada en esa botella y con ese vino. Sergio pidió otra mas, pero Virgilio le explicó que solo podía venderle una por año “Mas no me dejan pibe”

Sergio se fue de Mendoza, pero volvió doce meses despues. En esa oportunidad pidió una botella de cuando conoció a aquella mujer que nunca mas volvió a ver, pero que jamás olvidó. Nuevamente dos copas y luego de abrirla allí estaba ella, tan hermosa como siempre, invitada a esa suerte de velada compartida.
Así pasaron los años, Sergio nunca dejó de ir, siempre en Agosto. Y en esos viajes se reencontró con familiares y amigos, con sueños, amores y recuerdos. Con fragmentos de su vida que lo marcaron a fuego y merecían volver a ser vividos y compartidos, botella mediante.

Finalmente una tarde, veinte años después de su primer visita, Sergio llegó a la vieja bodega y Virgilio lo vio cansado y apesadumbrado. Le preguntó que le andaba pasando y éste le respondió: “Tengo razones para creer que falta poco para estar a veinte años de mi muerte, de aquella que debería haber tenido. Veinte años que me han quitado, botella a botella” El viejo sin mirarlo retrucó: “Que usted me ha pagado, querrá decir”.

“Creo que es momento de hacer algo distinto Don Virgilio. Hoy quiero festejar. Y quiero hacerlo con una botella especial” Sergio pronunció el año de la cosecha que buscaba. Virgilio vaciló un momento “Sabe usted lo que me pide, quiero creer” le dijo finalmente. “Así es, no le va a negar éste pedido a un cliente de tantos años, ¿no le parece?”
El viejo se retiró y trajo la botella “Estimo que no harán falta copas” le dijo. Se la entregó y al irse, Sergio lo tomó del brazo estrechando su mano por primera vez en su vida, dándole las gracias. El viejo lo miró con el mismo rostro atemporal que tuvo siempre, desde aquella tarde en que lo recibió en la puerta de aquel sitio. “Por nada pibe, por nada” contestó.

Sergio comenzó a horadar con el destapador, sostuvo el vidrio bien firme entre sus piernas, miro de reojo el año, de puño y letra de Virgilio. Luego comenzó a tirar con fuerza y cerró los ojos.

El sonido seco del corcho liberándose de la botella fue lo único que se escuchó en todo el valle.

“Tómate esta botella conmigo,
en el último trago nos vamos”


2 pensamientos en “Vino”

  1. Pensé seriamente en comprar con años de vida algunos vinos para volver a saber de ciertas personas…….
    Genial Seba….!!!

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