Voces

No estoy seguro de cuando comenzaron las voces.

Es difícil precisar un momento exacto. Quizás porque al principio pensaba que eran ideas mías, o sonidos del exterior. Ecos de la calle tal vez. Me eran ajenas. Hasta que me di cuenta que me hablaban a mí. Empezaron por compartir hechos simples, cosas mínimas como comentar el estado del tiempo, o alguna noticia del día. Me saludaban por las mañanas y al irme a dormir. A cada momento, siempre presentes. Era una extraña compañía al comienzo, no lo voy a negar. Pero muy aterradora.

El primer doctor que consulté me dijo que era producto de los nervios. Que me relajara y me tomara las cosas con calma. “Las voces no le revelan ninguna verdad que usted no sepa, es la representación de sus ideas simplemente. Usted cree que se manifiestan auditivamente, pero es una sensación suya. Quédese tranquilo, tome estas pastillas y descanse”. Las pastillas lo único que me daban era sueño, un sueño insoportable. Pero las voces seguían ahí.
Intenté proseguir con mi vida esperando que un día desaparecieran. Sin embargo seguían presentes, cada mañana desde el momento en que despertaba.

Un buen día las voces empezaron a preguntarme cosas. Me interrogaban, querían saber mi opinión sobre casi todo. Lo que me desconcertaba aún más, era el hecho de que no eran cosas que yo estuviera viviendo en ese momento. Podían sonar fuera de contexto, como si otra persona, otra mente las pensara, no la mía. Podían preguntarme mi opinión sobre política, sobre literatura, gustos de cocina, preferencias musicales. No había nada que escapara al interrogatorio. Me quedaba helado, paralizado sin poder hacer o decir nada.

Hasta que un día les respondí.

Y mi respuesta tuvo una devolución, y otra más, y otra. Habíamos entablado un dialogo. Creí estar loco, desquiciado. ¿Con quién estaba hablando? Fue ahí que consulté más especialistas. Me mandaron a hacer pruebas en mi cabeza. Análisis neurológicos. Sesiones con psicólogos. No encontraron nada. Era una persona normal, si es que se pude definir que es normal y que no. El diagnóstico fue esquizofrenia. Sin embargo yo sabía que no lo imaginaba. No sabía cómo explicarlo, pero yo hablaba con alguien que pensaba por si mismo. Había alguien en mi cabeza.

Comencé a vivir con ese alguien como quien vive con otra persona. Hablábamos de casi todo. Teníamos coincidencias y discrepancias. Entablé una relación con ese inquilino mental. Una voz sin cuerpo, sin rostro. Pero tan real como cualquier otra persona.
Las pruebas médicas siguieron. Tomografías, resonancias, sesiones de hipnosis, todo. “Su caso es muy particular” me decían los médicos. Entre asombrados y perplejos. “Usted asegura que lo que sus voces le cuentan no son cosas que sabia o conocía de antes, y más aún que esas voces presentan una personalidad propia, con preferencias propias”. Y así era, escucharlo de la voz de otro hacia que yo tomara dimensión de lo increíble del asunto. Pero era mi realidad, era lo que estaba viviendo.

Un buen día un médico, en una de las tantas revisiones me dijo: “Su situación es extraña, pero quizás no sea la única”. Aparentemente existía una persona que experimentaba lo mismo que yo. Aducía que había voces en su cabeza que le revelaban cosas y le preguntaban otras tantas. Al igual que yo, podía dialogar con algo o alguien que vivía dentro de su mente.
Me aconsejaron visitar a ésta persona, una mujer. A ésta altura yo me sentía una rata de laboratorio. En principio dije que no. Pero finalmente accedí. En algún punto me resultaba tranquilizador el saber que alguien más padecía lo mismo que yo. Fue así que emprendí el viaje hasta un sanatorio ubicado a ocho horas de mi casa.

Nos presentaron en el parque, a la entrada del lugar. Unos enormes árboles nos daban sombra y mecían sus ramas a merced de un viento que anunciaba nubes cargadas de agua. Nos dejaron allí y planificaron una suerte de entrevista médica a una hora de aquel momento. Me senté en el banco junto a ella. Tendría mi edad aproximadamente. El cabello le caía sobre sus hombros.
Lo primero que observé fue que estiraba las mangas de su abrigo hasta tapar sus manos, dejando visibles solo parte de sus dedos. Odie el detalle. Lo odie porque era algo que mis voces me habían dicho alguna vez. Algo que les gustaba hacer casi instintivamente. Recuerdo que en ese momento, y como con tantos otros yo pregunté cómo era posible una cosa así. Que algo etéreo, sin cuerpo hiciera ese comentario. Era una falacia, un chiste de mal gusto. Las voces nunca me respondían a esas inquietudes.

Comenzamos a hablar y a contarnos nuestras experiencias, nuestros padecimientos. Era sorprendente. Ella experimentaba las mismas cosas que yo. Lo que sea que estuviéramos viviendo ciertamente tenía un mismo origen. Ella también había entablado diálogos prolongados con sus voces y estaba segura que esas voces hablaban sobre una persona, sobre una entidad. Algo o alguien que tenía personalidad propia.

Al rato de empezada la charla citamos momentos de aquellos diálogos. Cosas que nos contábamos en nuestras mentes con aquello que vivía dentro nuestro. Primero pensé que lo que estaba escuchando de ella era una suerte de macabra coincidencia. Pero luego fue muy evidente. Y a la par, lo que yo contaba iba transfigurando su rostro. Había algo perturbador en mis palabras. Tanto como en lo que yo escuchaba de las suyas. Ambos, mediante lo que nuestras voces nos habían contado, estábamos describiéndonos a nosotros mismos. Mis voces y sus gustos, sus anhelos, sus sueños eran los de ella. Sus voces, por otro lado, me describían a la perfección.

Quedamos impávidos. Sin poder pronunciar palabra por unos cuantos minutos. Y en esos minutos, el silencio. Un silencio tan placentero como abrumador. Hacía meses que no sentía ese silencio fuera y dentro de mi cabeza. Las voces ya no estaban allí. Supe que se habían marchado.

“Se está haciendo la hora de la entrevista”, me dijo. Le ofrecí irnos de ese lugar. De alguna forma supimos que ya no tenía sentido estar allí. El cielo se iba colmando de nubarrones grises. Salimos por la puerta delantera. Caminando hacia el muelle. Yo sabía que a ella le gustaban los lagos. Ella sabía que a mí me gustaba caminar bajo la lluvia.

No hizo falta decirnos nada.

“Voices inside my head. Echoes of things that you said”
Voices Inside My Head – The Police (Zenyatta Mondatta, 1980)