Ritual

Pablo cerró la puerta de su casa, luego se quitó los guantes descartables y los tiró en el cesto de la esquina, se desinfectó las manos y comenzó a andar. Al otro lado de la calle se la escuchaba a Emilia gritarle a Nahuel, asomándose por la puerta del patio; que fuera al almacén a comprar las pasas de uva y las lentejas; que se apurara por las dudas. Nahuel le replicaba como cada año: “¡Pero tía! ¡Mirá si se van a acabar las lentejas en Diciembre, con más de treinta grados!»

Mientras tanto Jimena y Sonia elegían bombachas rosas, en la mercería.
– “¿Qué te parece ésta?”
– “No se, pero ¿va el cura de invitado? ¡Llevate aquella Jime! Mirá que después se arma fiesta en lo de Raúl y… ¡quien te dice!”
– “¡Ay nena, que es solo para la buena suerte!”
– “¡Pero por eso te digo!”
– “Mirá que sos atrevida che…»

Por la vidriera, al otro lado, un manojo de papelitos pasó volando mientras Inés, desde la casa de la esquina, avisaba: “¡Metéte adentro con eso que se te vuela todo m’hija!”. Y desde el jardín, la pequeña Ludmila abrazó recortes, tijeras, reglas y cuanto preparativo tenía listo para la mesa de entrada; donde cada invitado debería escribir un deseo y quemarlo a medianoche para que se haga realidad. Al lado, en la casa que era del doctor Bermudez, su hermano Ernesto limpiaba el viejo candelabro y acomodaba velas: algunas amarillas para la abundancia, varias verdes para la salud y dos rojas para el amor. Se encenderían cuando todos se sentaran a la mesa y no se apagarían hasta que se consumieran solas.

Desde la plaza del pueblo, los acordes de la guitarra del viejo Linares inundaron todo. Hasta que llegara la noche, él regalaría su música porque como siempre dice “es lo único que nos salva”. Frente a él Pablo se detuvo unos minutos para escucharlo. Luego sacó un billete y se lo dejó en el viejo gorro de lana. Pablo no tenía prisa, ni preparativos, ni nada. Pasaría la noche solo como de costumbre. Al rato siguió su marcha para dar la vuelta al pueblo y frotó nuevamente sus manos con el alcohol que llevaba en el bolsillo, esterilizándolo todo a cada paso, su cuerpo y su existencia frente al mundo.

Varios perros ladraban y se arremolinan como un ovillo imperfecto, jugando a ser una gran bestia jadeante, tirada en el suelo. Pablo los esquivó, lo más lejos que pudo y aguardó el cambio del semáforo en la gran avenida, Justo cuando una mujer se desparramó en el suelo con las bolsas que traía del supermercado. Él intentó esforzarse por socorrerla, pero había algo en su cuerpo que se lo impedía. Pensó en el peligro que acechaba en esa idea. Una idea tan alejada de su mundo aséptico que dolía. Un acto cuanto menos para él, imposible. Así quedó, a merced mientras otros asistieron a la mujer. Pablo respiró, a salvo, pero a una cuadra de ese episodio, fue alcanzado por un pelotazo que impactó de lleno en el medio de su espalda. Él giró y un chico lo tomó del brazo para preguntarle si se encontraba bien. Pablo miró su mano y comenzó a temblar.

Otros más se acercaron y él temió. Buscó en el bolsillo ese recipiente que le devolviera la tranquilidad, pero no lograba encontrarlo. Una mujer lo sostuvo del hombro preguntandole: “¿Se encuentra bien?«. Las voces retumbaron en su cabeza, se sintió mareado y decidió escapar. Corrió sin parar. Corrió para dejar todo detrás.

Así lo vieron pasar, el matrimonio de los Heredia mientras colgaban las luces en la puerta de entrada, Don Octavio mientras cambiaba la rueda del auto, maldiciendo su suerte, y las hermanas Ponce mientras regaban las rosas y acomodaban la mesa principal, a la espera de los invitados.

Ya casi cuando la tarde se iba haciendo noche, Pablo se detuvo frente a una gran reja y se quedó inmóvil, recuperando la respiración por un buen rato. Desde dentro, la figura de Ana se fue dibujando de a poco, hasta abrir la puerta y quedar parada frente a él: “¡Pablo! ¿Qué haces acá? ¿Estás bien?” preguntó.

Él levantó la cabeza y la observó detenidamente por un instante. Luego se abalanzó y la abrazó, rodeando su cuerpo. Sintió sus hombros caídos, las mejillas húmedas y el olor de su pelo, sintió las manos de ella que le rodeaban la espalda y su respiración tibia, serena y narcóticamente sensual. Pablo tuvo vértigo por quedar tan expuesto a lo desconocido y así la abrazó, aún más fuerte.

Esa noche las casas permanecieron abiertas y fueron recorridas como una sola. Al dar las doce, Emilia embuchó a todos con las lentejas sin olvidar a nadie. Los mas chicos intentaron escaparse de ese brebaje caliente pero ella les reprochó a cada uno en su italiano natal, que las costumbres debían respetarse si querían tener un buen año por delante. Luego Nina redobló la apuesta para sumarles otro bocado: doce pasas de uva, una por cada mes. Linares aprovechó y comió ración doble mientras tocaba en su guitarra clásicos que le iban pidiendo. Al otro lado de la medianera, en el jardín de Ludmila, los invitados prendían fuego a sus deseos y los lanzaban al viento en un mar de luces que brillaban incandescentes por unos instantes hasta apagarse de a poco.

Pablo no pasó la noche solo como de costumbre, y fue uno mas de ese universo de personas. Se permitió arrojarse al miedo de lo incierto y quizás hasta pudo disfrutarlo. Tenía los ojos de Ana, después de todo, para aferrarse y poder soportar el viaje.

Por la ventana de los Bermudez un viento caluroso y fuerte apagó las velas de golpe.

«Con los ojos no te veo, se que se me viene el mareo
Y es entonces, cuando quiero salir a caminar
«
El Mareo – Bajofondo (Mar Dulce, 2007)